domingo, 2 de septiembre de 2012

El talante contra los godos



CONTRA LOS ENTERADOS

“Una de las enseñanzas de la época de Hitler es la de la estupidez de pretender saber demasiado. (…) Siempre, según los listos, el fascismo habría sido imposible en Occidente. Los listos han hecho siempre fácil la partida a los bárbaros, porque son así de tontos. Son los juicios orientados y de amplia perspectiva, las prognosis fundadas en la estadística y en la experiencia, las afirmaciones que comienzan con un “a fin de cuentas, sé lo que digo”, son los asertos sólidos y concluyentes los que resultan eminentemente falsos”

Max Horkheimer / Theodor W. Adorno


Me he acordado esta mañana de domingo de un comodín político acuñado por el expresidente del gobierno español que pronto entrará en el saco del olvido: El talante.

La última legislatura del Pesoe (mejor escribirlo así, para no hacer referencia al confuso significado de sus siglas) acabó con el sueño de la socialdemocracia en España entendida como la buena avenencia entre el poder financiero, los agentes políticos y la sociedad civil. Hoy impera el Mal no por una intensificación de sus fuerzas o mayor capacidad de argumentación sino porque los únicos que podían hacerle frente en las urnas sucumbieron. Miserias del bipartidismo. La situación se tornó para muchos descreídos del Pesoe en algo tremendamente desasosegante. Igual era hora de votarle a IU- y muchos lo hicieron a tenor de su espectacular subida- pero eso supondría hundirse con conocimiento de causa en el agujero en el que hoy nos encontramos. Sea lo que sea, el Pesoe está en una situación difícil y, gracias al bipartidismo y los traspiés del sistema D´Hondt, así lo estamos todos. 

A grandes rasgos, lo que diferenció al Pesoe del Pepé - y disculpen que me vaya por peteneras pero siempre me ha hecho mucha gracia el hecho de que los nombres de los tres partidos mayoritarios apunten directamente a sus carencias: Partido socialista y obrero, Partido Popular (ya es la rehostia cuando se les llama "los populares") e Izquierda Unida, a los que seguiría votando aún con mayor ahínco si se denominasen Izquierda Desunida, pues en esa desunión veo la virtud del compromiso político en el disenso, lo que no es moco de pavo- fue el tema de la guerra de Irak y la menor velocidad de resolución de los primeros a la hora de aplicar los dogmas neoliberales: lo que el Pepé se carga en un ratito- y sobre esto hemos recolectado las mejores pruebas en los últimos meses- el Pesoe tarda años en destrozarlo. Estas dos son, desde mi punto de vista, las grandes diferencias de peso, si exceptuamos aquella que quiero hoy traer a colación, mucho más nebulosa. 

Me gustó de Zapatero, al igual que de Obama, aquello del talante. A pesar de que pueda sonar a palabrería hueca, a muletilla pseudofilosófica, a consigna propagandística socialdemócrata adaptada a la era posmoderna, creo que el talante, en toda su subjetividad, responde a situaciones anímicas que acaban por traducirse en hechos políticos reales. Quizás sea más fácil acercarnos a este término diciendo precisamente lo que el talante no es.

Hace algún tiempo me representaba una galería de arte situada en el así llamado Barrio de las Letras de Madrid, no lejos del Congreso de los Diputados y de las Cortes así como de otras instituciones, sedes de empresas y bancos en las que presuntamente se corta el bacalao nacional. En las pausas de montaje de exposición solía tomar café o comer algo en los bares cercanos. Allí, muchas veces me vi sumido en atmósferas cerradas en donde reinaba una asfixiante falta de talante. En estas barras, señores de mediana edad, trajeados pero sin ganas de vestirse así, o asao- como si los vistiera su madre o su jefe- hojeaban la prensa a gran velocidad y, a viva voz para que los escuchase la concurrencia, exponían sus teorías acerca del progreso de la nación, con un aplomo tal que efectivamente parecía que firmaban ese día algunos decretos o leyes fundamentales para el país. Después resultaba que solo eran tristes oficinistas. Volaban las expresiones retóricas contundentes como el "¡lo que yo te diga!" o "¡pues va a ser que no!", garantes absolutos del valor de sus juicios; se engullían montaditos buenísimos, se vaciaban las cañas en dos buches, se despachaban cafés a gran velocidad y olía a tabaco negro. La dolorosa, bien salada para las tres boberías consumidas, se apoquinaba sin drama alguno. En menos de media hora estos señores y señoras le habían brindado al público un repaso de la actualidad nacional e internacional y el fútbol lleno de sinceridad, expertise y, sobre todo, mucho realismo. Como decía un amigo madrileño de mi familia: "En Madrid, en un bar, a las once de la mañana de un día entre semana, te encuentras con un conocido, y si no te ha dado una conferencia, se la das" En Canarias tenemos una palabra despectiva que describe bien estas situaciones, que a mí me gusta mucho y que lamentablemente ha quedado mancillada tanto por las pacaterías de la corrección política como por el provincianismo excluyente y subnormal del nacionalismo coalición: el godo. En aquellos bares siempre pensaba para mis adentros: "¡Fuertes godos!" Es precisamente el godo aquella persona que carece de talante. De ideas claras, es resolutivo en su visión parcial, no tiene tiempo para la reflexión en calma, para aplicar moratorias, y lleva adelante sus medias verdades (o Halbbildung como la llamaba Adorno) caiga quien caiga, con una manía discursiva común que se basa en manejar gran cantidad de datos deslabazados y porcentajes científicos sin contexto, aquí y allá, como si el conocimiento tuviese algo que ver con ganar al Trivial Pursuit, del tipo "¡que te digo que el 28,5% de los inmigrantes rechaza firmar contratos de trabajo!" A ver quién le rebate nada a ese 28,5%. Sin embargo, lo que más aprecio del uso de la palabra godo no es cuando yo, henchido mi pecho de desprecio ante los enterados, echo mano de ella o la escucho en boca de algún político chaflameja y racistilla de "los nuestros", sino cuando la incorpora en su modo de actuar, en un acto contrahegemónico, un peninsular.

Unamuno, peninsular hasta las cejas y devastado en su ser por el "problema España", es un hombre de talante. Otro de estos es Berlanga, que se pasó buena parte de su vida filmando con plena conciencia situaciones godas extremas, entre lo cotidiano y lo grotesco, hasta producir carcajadas. Almódovar hereda este escenario pero le hace un quiebro, aprovechando la transición tanto vital como política del país, con la introducción de talante a través de sus personajes límite, más empáticos, menos categóricos, menos obsesos con el bendito sentido común y la "normalidad", y al mismo tiempo españoles hasta la médula. Por otro lado, nuestro querido ministro de Turismo, grancanario de pura cepa, y que quiere llenar de petróleo las aguas canarias en el plazo de tiempo más corto posible, es un godo ejemplar. Allí donde reina, por emplear la metáfora de mi primo Antonio, la "vieja piel de toro", se produce una interrupción del talante, y Zapatero, en toda su fofez, en toda su impotencia y falta de carácter para enfrentarse a quien debía, al menos acertó sacando esta idea a la palestra política.

El talante, como elemento gráfico formal, tal que un color, no está en el retrato de George W. Bush, por afable que éste parezca, y menos aún en aquel otro, tan elocuente, del Caudillo cantando el "Cara al Sol" con Millán. No hay ningún talante en la sonrisilla entre lo ruinito, la ironía de segunda fila y la sutilidad bujarra de Rajoy, ni en el "que se jodan" de Fabra, la rubia, exabrupto telúrico incontrolado que da la impresión freudiana de encubrir una secreta e insatisfecha pasión anal, ni en el "por qué no te callas" de aquel borracho.   

Hubo talante, por mucha conveniencia electoral que aquello supusiera, el día en el que Zapa no se levantó ante la bandera de los Estados Unidos, o cuando Sánchez Gordillo, con sus poderosos dientes separados, es capaz no solo de decir verdades aplastantes dentro de la boca del lobo sino además acallar a gritos, jugando a su juego con total comodidad, a las machangas übergodas encocadas del sálvame o el debate o como coño se llame esa mierda de programa. 

Otro concepto del que carece el godo es el del sabor o lo sabroso, omnipresente en el contexto de las políticas progresistas latinoamericanas, un jugoso adjetivo con el que me he partido los cuernos intentando traducírselo a algunos amigos alemanes. Esta idea y otras muchas, junto al talante, tendrían cabida en un manual de gramática de poética política. No estaría mal en esta época en donde impera el economicismo hasta en las dimensiones más epidermicas del sujeto escuchar otras palabras, otras formas de enfocar lo político, para que no nos ahogue con su grave cháchara nuestra prima de riesgo, otorgándole belleza a los gestos correctos, como pringar en Mercadona para darle a los que no tienen un duro. Es robo, sí, no hace falta esconderse ni utilizar eufemismos para definirlo, pero es un robo, aparte de legítimo, de grandísima belleza. Por cierto que, en España, Mercadona es mi supermercado favorito. Espero que la próxima vez los del SAT o quienes sean no se lleven solo los alimentos de primera necesidad sino también los vinitos buenos y gambones del número uno. Como si no nos gustaran, no me jodas... 

Según la pseudociencia de la fisiognomía a través de los rasgos de la cara, independientemente de los cánones de belleza del momento, sería posible adivinar si una persona tiene "talante" o no. Ante estas tres poses prácticamente iguales, yo lo veo muy claro.

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