sábado, 12 de enero de 2013

PICTUREBOOK


La mezcla correcta entre EXCELENCIA y CAFRERÍA convierte el CAPRICHO en NECESIDAD.

(Sobre Francho)

Empecemos a lo bruto. Francisco Castro- en lo sucesivo, Francho- es una especie de genio, un tío de los que mira para adentro, que frecuentemente se atasca con las cosas mundanas y vive con pasión sus rumores internos, sus “obsesiones” de pequeño, mediano y gran tamaño. Todo lo ajeno a estos trabajos de conciencia son ruidos de fondo altisonantes que le piden concurso de manera zafia, aunque él reconoce que si se dejase arrastrar a los abismos de su subjetividad sería tan infeliz, o más, como si dejase de pintar, y eso podría resultar grave porque Francho es, ante todo, un pintor sobresaliente. Yo no conozco personalmente a ninguno mejor. Si creen que exagero, entren en la sala.

Antes del 11-S, flotaba sobre nuestras cabezas una espesa niebla que lo impregnaba todo con la sensación general de que “no pasaba nada”. Por esa época, Francho junto a otros dos compinches, cometió en nuestra Facultad de BB.AA. de la Universidad de La Laguna un atentado que casi le cuesta la exmatriculación. Durante la semana cultural, entró furtivamente ¡dos veces! a un aula reconvertida para la ocasión en sala de exposiciones, con la intención de arruinar el trabajo de un grupo artístico bastante tocapelotas entre el alumnado de aquel entonces (y de cuyo nombre no quiero acordarme), una tentativa por echarle un poco de “salsa” a una abotargada vidilla estudiantil en donde cada loco estaba con su tema. Era necesario montar un pollo para que “pasase algo”. En aquellos dimes y diretes lo conocí. Poco antes o poco después, también en una expo de alumnos (“Estética del estudio”. COAC. Tenerife. 1999.) tuve la ocasión de ver por primera vez un cuadro suyo. “Sin dormir”, e incluso cuando la muestra ofrecía una calidad inusualmente alta para una exposición de alumnos, me parecía que jugaba en otra liga. Tras un tiempo, Francho se mudó a Berlín y allí fue en donde pasamos de ser compañeros de facultad a amigos y colegas de profesión.

"Sin dormir" Óleo sobre lienzo. 1999

Como bien saben, Berlín es muy guay y está de moda. Hay mucha gente cool y coolhunters, artists y artys, dj´s y vj´s, hipsters y personal shoppers; todos han recalado allí enamorados de la moda juvenil, de los precios y rebajas que yo vi, aunque lo cierto es que poco a poco Berlín está perdiendo sus encantos. A principios de los dosmiles era una ciudad barata, amplia, tranquila y feucha, con generosas noches de bohemia, a donde algunos enteradillos nos habíamos mandado a mudar viendo lo que acontecía en la mejor de las Españas posibles, la de Aznar. Berlín iba bien pero ahora comienza a ser una porquería, como Madrid, Londres o París, una capital europea standard, en donde la vida es bella solo en función de la pasta que tengas. (Por cierto, un aviso a los emigrantes: Berlín es una ciudad arruinada, no es ésa Alemania que sale en el telediario español en donde hay trabajo de sobra para deslomarse contento) Pues bien, Francho oyó no sé dónde cantos de sirenas y se fue para allá hace más de diez años, pionero conejero, a llevar a cabo dos planes. Primero; aprender griego clásico (y antes alemán para aprender griego clásico en alemán) y así hacer una reconstrucción hermenéutica del concepto de mímesis a partir de Platón, fruto de sucesivas malinterpretaciones acumuladas durante la historia del pensamiento y, segundo; pintar y vivir la bohème, algo que traducido a la jerga de aquellos días significaba salir mucho de after, convocar al razonado desorden de todos los sentidos, y acostarse con el mayor número posible de mujeres hermosas, en un versión más del locus amoenus juvenil del sex, drugs and rock & roll. Era un planazo que sufrió modificaciones estructurales severas porque, primero; un gran sabio de la Universidad Humboldt le aseguró que, poco menos, su idea sobre la mímesis le iba a costar el sacrificio de toda su juventud y buena parte de su madurez y, segundo; a Francho le enferma el estar embriagado (cayó en la marmita siendo niño) y follar con muchas tías distintas sin escuchar o decir demasiadas majaderías es bastante difícil, y más en alemán. De esta escabechina de expectativas solo sobrevivió, con heridas de carácter leve, la pintura.

Un día, caminando por Berlín algo atribulado a causa de los cambios de planes, Francho se metió en un cine, de esos con sillones de varias plazas y atmósfera casera, a ver una peli de David Lynch. Salió de allí muy loco. Flipando en colores se quedó después de ver “Mulholland Drive”. Para él, toda una época fue solo “Mulholland Drive”, y para mí ésa fue la primera vez que lo escuché dándole bola a una de sus obsesiones, idée fixee, matraquilla, leitmotiv o como quieran llamarlo. 

Siempre se nos ha dicho que debemos tener cuidadito con los lectores de un solo libro –con los fundamentalismos, comunismos y otros ismos doctrinarios- pero, aun cuando la advertencia sea justa, estoy convencido de que en lo que compete a las artes, las visiones excesivamente panorámicas, la multiplicidad de perspectivas y los juicios ecuménicos nos sitúan en caminos creativos que siempre conducen al fracaso. Hacemos porquerías. El arte y el amiguismo-con-todo son incompatibles. De alguna forma, el artista debe siempre leer el mismo libro (que no significa hacer siempre lo mismo) ser partidista, porque tiene la necesidad de descartar, de elegir un asunto en detrimento de otras cosas que bajo determinadas circunstancias podrían ser tan razonables como los objetos de la propia elección. El artista dice “esto sí, y el resto no” con algo de arbitrariedad caprichosa, arriesgándose a convertirse, si le sale mal la jugada, en un abusador de fórmulas creativas o, mucho peor, en un pesao. Esta es la suerte de militancia a la que se refería Baudelaire cuando aseguraba que toda crítica debe ser “parcial y apasionada”.

A este respecto, la gran virtud de Francho es que se le da de maravilla creer a fondo en las cosas. Después del noviazgo fiel con “Mulholland Drive”, de hacer de esa peli parte integral de su comprensión estética, pasando cualquier asunto a través de ella, ha hecho suyas algunas otras pocas ideas mediante determinados enfoques particularísimos, casi incompartibles. Así, hemos tenido como protagonistas temporales al artista alemán Martin Kippenberger; a los hiphoperos puertorriqueños Calle13 y en especial su jugueteo con aquello del residente-visitante; una película de Mateo Gil más mala que un dolor que se llama “Nadie conoce a nadie” y que según Francho establece relaciones con aquel sarao a medio cocinar de la Escuela de La Laguna, o la casi indefinible, escurridiza categoría estética de lo camp. Pero, ¿tienen todos estos rayamientos sueltos algo que ver con su pintura? No directamente. No hay imágenes de “Mulholland Drive” ni citas a Kippenberger en sus cuadros, pero sí una forma de proceder análoga a sus fidelidades y gustos, que según él buscan la tensión entre lo correcto y lo cafre, algo que yo reformularía como la mezcla alquímica entre el capricho y la necesidad, y un filósofo, quizás, como el punto intermedio entre lo bello y lo sublime.

La pintura de Francho es muy compleja y muy difícil de llevar a la palabra. A este respecto tengo que citar informalmente aquí a Ramón Salas, maestro y profesor nuestro, cuando afirmó en ocasiones distintas que Francho había sido su mejor alumno, y que no sabía muy bien qué pintaba. Era, según su opinión, un artista antiguo, más preocupado del cómo que del qué. Sin embargo, y tal como reza el título de la presente exposición “Picturebook”, Francho siempre ha sentido la pulsión de contar cosas sobre su obra. Cuando lo hace tiene la extrañísima y virtuosa habilidad de dotar de necesidad a algunos asuntos sin tratarlos, como es habitual en el arte contemporáneo, en función de su “mensaje”, de su “tesis” o “tema”. Francho no tiene “tema” y por eso la mayor parte de los críticos de arte y otras personas obtusas se quedan flipando cuando les explica sus decisiones plásticas. Pongámonos ante un caso práctico. Francho nos lleva a su taller y nos dice: “Yo estaba pintando un lago helado (“Puerta de Arkenberge”, 2007) y Fulanito me dijo que el formato del cuadro le recordaba a una puerta. Eso se me metió tanto en la cabeza que al final le tuve que pintar un pomo de puerta superpuesto al paisaje.” Y el muy jodío lo dice como si aquello hubiese sido el paso más lógico, lo que había que hacer, como si delante de un incendio alguien nos hubiese puesto un extintor en la mano, sin imposturas. La cafrería se hace necesidad, el capricho se convierte en algo esencial y, además, el pomo le queda al cuadro que ni pintado.

"Puerta de Arkenberge" Óleo sobre lienzo. 2007
   
No sé si servirán de mucho algunos apuntes más ajustados, pero puestos a ello diría que Francho hace una pintura de arriscarse, de la mirada que ofrece el ojo cuando gira en su cuenca hacia los extremos. Sus figuras parecen sostenerse por contraposición de fuerzas, como si dos vientos de sentido contrario las equilibrasen y éstas tratasen de seguir su camino sin forzar el paso. Hay una especie de saturación cromática apocalíptica (los finales de “Abyss” y “Aliens: el regreso”, dos peliculillas del mismo director y la misma época, forman parte recurrente de su imaginería) que también es cómica, simpática, de pintar en casa con chiquillos al lado jugando con juguetes de color chillón. La tragicomedia la representan el gesto de recochineo de un retrato resuelto mediante una ejecución técnica desesperante, el punkarreo hecho retruécano barroco, la dejadez y el amor en dos manchas vecinas. Francho se ocupa del presente y de lo que le rodea pero a través de una sensibilidad extemporánea (“Metí a Vladimir Putin en este cuadro porque tiene una cara muy buena para pintar, es un tío muy pintable, el Putin ése”) Hay también algo de condición desheredada, de objetos demasiado usados, ingenios gastados, vistas insulsas redimidas por la gloria chica del arte, retratos de pequeños malandrines, etc. e imágenes en ocasiones realmente provocadoras (“Fidel en la playa”, 2009), cuadros de gran calidad que sin embargo provocan el rechazo general del connoisseur medio con más fuerza que cualquiera de las cíclicas modernadas transgresoras a las que estamos acostumbrados en el gran circo del arte contemporáneo.

"Fidel en la playa" Óleo sobre lienzo. 2009

Últimamente su pintura ha tratado de resolverse sin tanto artificio aunque sin renunciar a las dificultades visuales, siempre de naturaleza más conceptual que óptica. Las pruebas preparatorias han cobrado importancia pero de una manera peculiar. Francho, al revés de lo habitual, hace estudios con un altísimo nivel de acabado que le permiten después saber cómo pintar la obra definitiva con mayor soltura y velocidad (“Jet contrails”, 2012) También han aparecido otros elementos ajenos al óleo (aunque siempre los hubo, como su caja de luz- cámara estenopeica “Buenas, caballer@”, 2007) como el cartelismo de “El estado de las artes plásticas en Berlín”, en su inicio un álbum de Facebook con imágenes de intervenciones callejeras de toda índole, que harían quizás las funciones de un bloc de dibujos o apuntes, pero desde una estrategia apropiacionista.

"Buenas, caballer@" Cámara estenopeica/caja de luz. 2007

Decir que su pintura es hija del fracaso podría parecer poco digno de mérito. Pero si atendemos al balance desequilibrado entre la rotundidad de su obra y su poco conocida trayectoria profesional yo le deseo de todo corazón el más sosegado de los fracasos y le recomiendo que conserve, con el mínimo de penurias, su posición privilegiada al margen del devenir de las artes contemporáneas profesionales, aunque para no hacer apología del tópico del artista desgreñado y encerrado en su estudio- un cliché que por otra parte me es mucho más simpático que aquel otro del artista hombre de negocios- les informo que los cenáculos artísticos en los que Francho ha sido partícipe en Berlín (han oído bien: Berlín, que es superguay) provocarían la envidia de muchos colegas del ramo. No olvidemos nunca que el otro loco, el del pelo rojo, aunque su carrera fue desastrosa, tenía un hermano galerista y era conocido absolutamente por todo Dios en aquel París, también superguay. 
 
Todo esto, que puede ser importante y argumentable, también puede resultar un mareo, verborrea, literatura, un masque; son muchas cosas a tener en cuenta en algunas pocas palabras descontextualizadas. El mejor apoyo que cualquier espectador podría tener más allá del ejercicio simple de disfrutar de uno de sus cuadros en directo, sería hacerlo con él al lado, tirándole de la lengua para que contase algo. Es entonces cuando la metáfora funciona y obra su milagro secular; A es Z, la subjetividad parece no amenazar a la razón compartida, las cosas adquieren valor por cuenta de una decisión, por estrafalaria que ésta sea, y se nos otorga de nuevo una oportunidad para creer en algo, cuando teníamos pocas razones para ello: creer, si se es pintor, al menos, en la pintura. En este sentido yo no sé muy bien cómo se hubiese desarrollado mi trabajo si Francho no hubiera estado merodeando por ahí con sus cosas siempre sorprendentes, siempre necesarias… y me ha dicho un pajarito que se avecinan cambios, así que ¡ojo!


lunes, 17 de diciembre de 2012

Las cuatro fases

Voy a desbarrar. Déjenme.


Un amigo de un amigo de un amigo de un amigo del Facebook: una persona normal.

Existen cuatro fases de conciencia ante el hecho artístico, por orden jerárquico.

1) La barbarie. La barbarie es lo normal. Lo que hay. Por ejemplo, ahí tienes a un tío -o tía- que estudió administración de empresas, enfermería o cualquier otra cosa con salida y que respecto a las manifestaciones artísticas lo tiene claro; sabe lo que le gusta y lo que no. Esto viene a significar que sabe lo que es bueno y lo que no, independientemente del (poco) tiempo que le haya dedicado a la cuestión del gusto. "Sobre gustos no hay nada escrito" y "para gustos, colores". En la barbarie, hay unos pocos artistas currantes que saben hacer las cosas bien, tienen técnica y emplean mucho tiempo en terminar sus trabajos, y otros impostores que solo quieren tomarle el pelo a la gente. De entre los últimos hay algunos que incluso han sido encumbrados a la fama por los críticos de arte y supuestos entendidos. Sea lo que sea, digan lo que digan los expertos, está claro que un tipo que llega y hace cuatro manchas sobre un lienzo, como podría hacer cualquier niño de cuatro años, no puede reírse de una persona con sentido común, así nuestro administrador de empresas o enfermer@. De fondo, suena Mike Oldfield. Se oye hablar de que si los políticos y banqueros (la misma cosa indivisible) son unos hijos de puta. De Merkel, de los alemanes, de cuándo saldremos de la crisis. De la guerra de los sexos. La vida es así. Tiene sus cosas. Y son cosas, por lo normal, normales.

No es el de Duchamp

2) El discurso institucional. A partir de la crítica radical que supuso el famosísimo urinario de Duchamp y el concepto (u ocurrencia) del ready made, las artes plásticas no pueden ser definidas a partir de valores fijos sino solo en relación al contexto en el que éstas se producen. Se ha hecho imposible emitir juicios desde el objeto artístico sin conocer en profundidad el hecho artístico, esto es, toda la cadena de fenómenos que van desde la intención inicial del artista, pasan por el filtro de los expertos, (críticos, curators, galeristas, coleccionistas, otros artistas, etc) y se exponen en determinados lugares (salas, galerías, ferias, bienales, internet, etc) hasta llegar al espectador. Si no cumple todo este proceso el arte no puede definirse como tal. La institución busca crear consensos y fundamentar valores en un espacio tan plural y mutable como lo es nuestra sociedad actual, lleno de credos diversos y maneras de vivir antitéticas, lo que significa tener que apelar por obligación al conocimiento experto dada la complejidad simbólica del mundo. El arte hay que entenderlo, igual que la física nuclear o la neurobiología. Si no, ¿cuál es el sentido de las universidades de arte? Es difícil de entender para el profano, pero una lata con mierda puede llegar a ser una obra maestra. Si no te gusta, argumenta tu disgusto. Ganará el argumento más fuerte. Y si no, cállate la boca que no tienes ni puta idea.


Intento convencerme de que es así

3) Nihilismo. Nietzsche dijo que su filosofía duraría dos siglos. Ya vamos por el segundo. La muerte de Dios y con ella la muerte de los valores, en todos los niveles, acabó con una civilización occidental que incluso cuando se ha extendido por el globo con aparente éxito, huye agonizando hacia adelante en una escapada irracional no se sabe bien a dónde. Bueno, sí se sabe, a nuestra destrucción. Vivimos encima de una tabula rasa, un yermo paradójicamente lleno de cachivaches- un "todo a un euro" del espíritu- intercambiables entre sí. En verdad, nos guste o no, todo vale. Respecto a las artes, los consensos a los que llega la institución no son más que simulacros de verdad, espejismos que ayudan a distraernos del vacío o mecanismos interesados con los que hacer dinerito, y a vivir que son dos días. Una escena: Paseamos por una feria de arte o una bienal, en donde se muestra el trabajo de los mejores exponentes del arte contemporaneo. A pesar de que comprendemos el "mensaje" (somos unos expertos que han superado la fase número dos) todo nos parece un sinsentido, un despliegue de formas deslabazado, una puerta sin quicio, un parque de atracciones, una pecera con sofisticadísimos adornos que no puede dar cuenta de nada más allá de sus cristales. Seguimos paseando sumidos en nuestros oscuros pensamientos y de pronto nos encontramos con un amigo (también experto) que está fascinado ante el nivel y la calidad de las propuestas de dicho evento. Todo lo que hay es bueno, nos dice. Y nos lo explica con argumentos de peso. Todo lo que hay es malo, le respondemos. Y se lo explicamos con argumentos de peso. ¿Cuestiones de gusto? No, de endorfinas.  

 
Zurbarán creía en Dios y por eso pintaba maravillas. Tú y yo no creemos nada y por eso pintamos (o enlatamos) mierda. 

4) Compromiso. Cuando la contemplación de la propia punta del pie bañada por el sol del domingo resulta más valiosa y enriquecedora que admirar la más fastuosa de las obras de arte es que posiblemente (posiblemente...) hayamos llegado a un nivel de compresión estético elevado. Los museos son lugares en los que hay que refugiarse solo cuando hay mal tiempo. Hacer arte a día de hoy es producir zombies, no-muertos. Un vicio. Una inercia. La única vía de producir necesidad que tiene el arte se abre cuando éste sale de sí mismo. Podemos forzarlo a comprometerse. El compromiso puede cobrar muchas formas -pero no todas- y siempre pone en peligro a la obra de arte. En general, comprometiéndonos perdemos. El compromiso podría ser, hoy 17 de diciembre de 2012, el comunismo. ¡Toma ya! Podría ser también Dios Padre y la Revelación. O la poesía. Pero sobre poesía es mejor no decir demasiado. Quizás sí solo dos cositas muy breves: 1) se aloja en el interior del huevo 2) el choco se come entero.

Pd. Como apunte para desengrasar los sesos de tantos arcanos, qué gracia que alguien pueda llegar a imaginarse a un artista haciendo garabatos mironianos para reírse de los espectadores. "¡Jajaja! Voy a hacer cuatro rayones para tomarle el pelo a la gente diciéndole que es una obra de arte, ¡síiiii, jajaja!"

martes, 4 de diciembre de 2012

Pintura (I. El huevo)

Cuando estudiaba en la Facultad de Bellas Artes, hace más de diez años, me advertían a cada paso del peligro que suponía "descubrir el Mediterráneo" después de haber ejecutado un par de jóvenes garabatos inspirados. Hoy, creo que la única manera de que el arte me siga entusiasmando es actuar como si dicho mar aún no hubiese sido descubierto. Llevo tiempo prometiendo un texto sobre pintura a partir de mi experiencia como pintor. El texto que sigue podría entenderse como una introducción al mismo o declaración de intenciones. Cuándo lo continuaré, solo lo sabe el buen Dios.



"Hablar sobre pintura no solo es muy difícil sino que incluso puede que no tenga sentido, porque solo se puede atrapar con palabras lo que pertenece al lenguaje, y con éste no tiene la pintura nada que ver (…) Los cuadros hacen lo que les da la gana" 

Gerhard Richter

He repetido varias veces que me gustaría hablar de pintura desde dentro. No desde el punto de vista "crítico", común en el subgénero de la literatura para catálogos, sino desde el interior del huevo. Profundizaremos sobre el huevo. Quiero creer que tiene algún sentido dar cuenta, por medio de la palabra, de lo que ocurre entre el hecho material de pintar y los pensamientos de los que ésta se alimenta.

La tarea de empezar a hablar sin referencias a partir de mi propia experiencia- lo que establecería el vínculo más directo- me ha producido tanto vértigo como pereza, así que he tenido que servirme de una guía, una obra filosófica sobre pintura con un enfoque que me interesa bastante: “Pintura: el concepto de diagrama” de Gilles Deleuze. Lo que haré será reseñar dicha obra y discutirla. Se trata del texto transcrito de unas conferencias sobre pintura que Deleuze impartió en la Universidad de Vincennes entre 31 de marzo y 2 de junio de 1981. El texto está, por lo tanto, fuertemente marcado por un carácter oral que a los aficionados al pensamiento nos ayuda a entender las cuestiones más complejas de la filosofía sin que nos resbalemos con tecnicismos. De lo que sí puedo hacerme responsable es de mi competencia sobre la práctica de la pintura. Me tomaré incluso la suprema osadía de discutirle a este respecto algunos puntos al sabio filósofo. No obstante, lo que en verdad me gustaría hacer sería sacudirme de encima este libro y aportar otros ejemplos, tanto de mi propia trayectoria como de la de otros pintores con los que mantengo un trato personal.



Antes saqué a colación el huevo. Se trata de una cita que hace Deleuze de Paul Klee y que dice así:

“Si el punto gris se dilata y ocupa la totalidad de lo visible entonces el caos cambia de sentido y el huevo se hace muerte”

Este tipo de afirmaciones respecto a la pintura las echo mucho en falta. La mayoría de las que escucho me dejan frío o me producen hastío y rechazo, como por ejemplo la siguiente, escrita en el tono común de la así llamada literatura artística.

“Se exploran las relaciones entre la idea del paisaje en la cultura occidental clásica y la sociedad postcapitalista global contemporánea para hacer una deconstrucción crítica de los lenguajes visuales”  

Bien podrían ser bucólicos paisajes de montaña surcados por  cables del tendido eléctrico. Éstos, los así llamados statements de artista, por lo general emplean a la ligera conceptos filosóficos con bastante historia tras de sí para soterrar una intención puramente mercantil. A través del uso impaciente de estas etiquetas intelectuales, el artista se prestigia con la autoridad prestada de los grandes pensadores. Manejando unos pocos de estos resabios, que cambian según las modas en los cenáculos intelectuales, todos podemos arrogarnos con el supuesto derecho de “ser conscientes” de lo que hacemos, autocríticos, hacer un trabajo reflexivo, en definitiva, “controlar”, pues hoy en día parecer un artista iletrado le provoca pánico a casi todos. Incluso cuando dichos artistas se han esforzado por entender las fuentes de las que beben, esta aproximación concreta- y que se pretende la única posible- al pensar las artes me aburre muchísimo, quizás porque yo mismo he escrito alguna poca cosa sobre mi obra y la de otros en dicho tono. Gracias al cielo, el huevo no va de esto. El huevo es, por lo pronto, la única vía que soy capaz de entrever para que el arte deje de resultarme un aburrimiento, un sarao desquiciante, un mero negociete travestido. Que el arte contemporáneo se ha convertido en un circo absolutamente lamentable es ya un lugar común para cada vez más gente. Sin embargo, dentro del huevo todavía hay cosas a las que merece la pena seguir prestando atención. Volvamos a Klee.

Klee no está haciendo con su, aparentemente, oscura recomendación (que yo he tomado como leiv motiv para tratar de presentar un territorio en donde podríamos pensar las artes de otra manera) una apología del subjetivismo o el irracionalismo. Bien al contrario, procura ser muy certero en su descripción. Deleuze se encargará más tarde de masticar la frase proponiendo una interpretación de la misma. Pero antes quisiera decir por qué este apunte de Klee, y sobre todo su tono, me resulta simpático y enriquecedor; porque emplea determinadas metáforas, de enorme sencillez tanto visual como literaria, que responden a un problema procedimental y material concreto en su trabajo como pintor, y lo hace de la manera más directa posible. Los que están acostumbrados a los lenguajes pseudofilosóficos que la crítica académica emplea- a sus serpenteantes arquitecturas teóricas, por otro lado incapaces de aprehender algo concreto- reciben esta clase de afirmaciones con bastantes reservas; resultan superficialmente demodé, huelen a alegoría romanticona, presentan la pintura desde una atmósfera vagamente poética y viejuna, cuanto menos sospechosa. Sin embargo yo pienso que aquí Klee y su huevo nos están dando una lección de necesidad, que es la mejor amiga de las artes: dice lo que tiene que decir sin sobrecargar el significado ni reducirlo.

Nosotros -no Deleuze, sino ustedes y yo- sí vamos a reducirlo hasta llegar a un punto de comprensión escolar, sacrificando la profundidad en beneficio de una dudosa claridad. Klee habla del uso del gris en la pintura. En principio- y siguiendo aún a Deleuze- el pintor distingue dos clases de gris, uno que sería nocivo para el cuadro, que lo arruinaría, y otro que aparte de ser un “gris bueno” es necesario para formar la composición (o diagrama, ya hablaremos de este concepto deleuziano más adelante). El primer gris nocivo lo identifica con el caos y el segundo con el principio de creación. Uno no es dimensional y el otro genera las dimensiones. Como Deleuze reconoce, parece que Klee trata de hacer “una cosmogénesis de la pintura” a partir, según mi criterio, de algo que cualquier iniciado a la pintura tiene en cuenta. Perdonen pues mi zafia aclaración: Klee habla del gris “de bote” y del gris “hecho por uno mismo”. El primero es el producto de mezclar un blanco y un negro del tubo. El segundo es mezcla de todos los colores, por lo tanto es dimensional al tener siempre una ascendente a algo, al azul, al verde, al violeta, etc. Tal como ocurre en la tonalidad musical, llama a algunos tonos de su familia y rechaza a otros. ¿Qué ocurre cuando “el centro” o la totalidad de la obra se ve ahogada por el gris perfecto, mezcla de blanco y negro, puro caos, unidimensional? Pues que el huevo se muere. El cuadro es el huevo... y éste se hace una mierda si abusas del gris chungo.

Como ven, el tema en sí no es de una complejidad especial, sin embargo Klee lo consigue llevar a su estética de una manera que difícilmente podría ser más exacta. El tema en sí – tan querido por la literatura artística contemporánea- es una supina banalidad, una conocida recomendación de taller para que las obras ganen en riqueza cromática, sin embargo el que crea que es capaz de formular dicho consejo con más sencillez y sin restarle significación, va a verse metido en un buen lío. Déjenme hacerlo rápidamente:

“El uso excesivo de un gris hecho con blanco y negro del bote puede perjudicar la gama cromática que abre la composición del cuadro”

y de nuevo Klee:

“Si el punto gris se dilata y ocupa la totalidad de lo visible entonces el caos cambia de sentido y el huevo se hace muerte”

Como ven, a partir de una dificultad trivial de la que se deben hacer cargo todos los pintores- el bendito gris (o negro) de bote- Klee es capaz de plantear toda una cosmología que ponen mi exposición del problema a la altura de un torpe ejercicio escolar. Que la expresión de Klee sea atrayente y bella me interesa menos que sea exacta, que dé en el clavo como lo hace. Quizás habría que convencer a los fabricantes de colores para que pusiesen su cita en los tubos de negro o gris. Son esta clase de comentarios, ligados a la materialidad pero enriquecidos por el mundo propio de cada artista, los que tanto echo en falta hoy. Se ha producido un encuentro entre el pintar y el pensar que es exactamente el tipo de reflexión que ando buscando, por un lado anclada al trajín del taller y sus truquillos y por otro coincidente con las formas mentales de referencia del artista, en el caso particular de Klee, su visión cosmológica del pintar que, en sí misma, tampoco me interesa demasiado. Lo que me interesa es la correspondencia entre ambas cosas. Los artistas al trabajar pensamos constantemente estupideces junto a alguna buena idea en medio de runruneos mentales más o menos arbitrarios, de palabras- hábito que se repiten, como fantasmas, algo que traducido al lenguaje compadre de los del ramo podría denominarse como “vidilla interior”. Todas estas fijaciones  pueden ser en sí mismas más o menos interesantes, más o menos banales. La cuestión importante es qué clase de  correspondencia existe entre toda esa “energía mental” y el cuadro, porque sin ella no hay cuadro o el cuadro es otro. A partir de aquí, es a esto a la que me voy a referir cuando hable del huevo.

Continuará. Ya veremos...

martes, 6 de noviembre de 2012

Competiti-ti- titi- tit tt tii ti...

Ejemplar adulto de Titi

Cuando leo o escucho el nombre del nuevo y flamante Ministerio de Economía y Competitividad me poseen unas sobrecogedoras ganas de atentar. 

Esta nomenclatura elegida por el equipo del ministro De Guindos tiene la virtud, como la mayor parte de acciones relevantes de su partido, de polarizar el debate político en nuestro país. En consonancia con su naturaleza, las polarizaciones traen consigo la solo aparente desgracia de pasarse por el forro los matices, las sutilezas, las gamas de grises entre el blanco y el negro, reduciendo la profundidad o amplitud de los discursos pero  haciéndolos más concretos y vehementes. Si alguien tenía dudas de qué significaba ser de izquierdas - una palabra algo difusa en los asquerosos años noventa en los que tuve la mala suerte de criarme- la agenda política que lleva adelante nuestro Gobierno ayuda a disiparlas. 

Ya he apuntado varias veces por aquí la asombrosa capacidad de resolución de estas gentes, que los diferencia de sus predecesores, no solo del Pesoe sino también de sus padres y abuelos franquistas, mucho más atrabiliarios, criados en aquella España de los dos cojones, peor educados y aún no contaminados con la idea de un tipo de progreso a marchas forzadas contrario a las leyes de la biosfera y el groove de la diástole y la sístole. Al menos la siesta, como institución, era antes respetada. Estos tíos y tías son, en efecto, de los del partido de la gente que se levanta temprano, no se saltaron la primera hora en el College y por eso son muy técnicos, tecnócratas, los jovenes ya hablan inglés, ¡por fin!, están preparados para los así llamados "retos de la modernidad", lo cual no quiere decir que en sus cabezas no impere la más galopante demencia, que sean por definición unos bárbaros, ya que la competición es uno de los elementos esenciales de la barbarie.   

Como sabemos, la competitividad es otro de los dogmas del pensamiento neoliberal. Ellos lo destilan de una bella palabra con mucha historia, fundamental para la Modernidad, que se llama libertad. Pero debemos ser un poco más específicos. La acepción de libertad que el establishment conservador utiliza solo hace referencia a la "libertad de empresa". Nada más. Dar la parte por el todo, algo muy común, lleva a grandes errores que estos mamones aprovechan bien para inflar su retórica. La libertad en la pluma de Vargas Llosa... ¡qué fichaje tan peligroso han hecho!

Así, un (neo)liberal no es una persona más libertaria, sino alguien que está a favor del (neo)liberalismo, una teoría económica concreta que no tiene nada que ver, por un lado, con el concepto de libertad que se maneja desde la filosofía y, por otro, con el sentir general de las gentes, ese de estar retozando en medio de las flores y tocando en la guitarra "More than words" in saecula saeculorum. Este tipo de liberación solo es tal en lo que compete a las relaciones económicas de la existencia dentro del capitalismo, por tanto le tiene fobia a cualquier instancia que trate de regularla o disminuirla, como por ejemplo el poder político (que en su mayor parte vive en connivencia con esta fuerza nihilista) o el santísimo derecho a rascarnos los cojones mientras los yuppies se parten el culo a trabajar (comportamiento ejemplar y en vías de extinción al que incluso los yuppies más inspirados se consagran tras una carrera de éxito). Decir "político liberal" es un contrasentido: un buen liberal solo desea que todo lo regule el libre cambio a través de la competitititi. Ocuparse de otras cosas es accesorio, pues éstas vendrán dadas mediante dicha competi, encargada de generar los asuntos de los cuales habremos de ocuparnos en el futuro. Así ha sucedido también en el arte, hasta hace no demasiado la única esfera de lo social en donde el fin en sí mismo era el propio arte, no el top ten de los más vendidos y las galerías y negocietes y los prestigios correlativos que me producen fantasías muy AK-47. En realidad, viéndolo con lejanía -algo difícil si se siguen las noticias- se apunta a una forma de ver la vida o Weltanschauung, si me disculpan el oxímoron, muy marciana, como de gente nerviosa, intranquila, que no saben muy bien qué hacer con sus días. No me extraña que los buenos liberales y neoliberales sufran de stress, infartos e infelicidad crónica en medio de sus lujos, que tengan esa expresión avinagrada, de mirada afilada pero con un ligero extravío y labios finos, así Aznar, así De Guindos, ya que es muy difícil ser sabroso de espíritu y al mismo tiempo neoliberal. 

En resumidas cuentas, la libertad del liberal es la del ir por la sabana luchando para ser Rey León, o reyezuelo, la simple Ley del Más Fuerte. Con gran dureza de tormo, aplican la teoría de la evolución de Darwin a lo humano brindándonos así su particular y reducida idea del progreso, a la que si no te adaptas eres "libre" de ser deglutido y excretado por alguna hiena, algún campeón del negocio que si no puede domeñarte por sí mismo, te manda de regalo a unos poquitos antidisturbios, simpatiquísimos. Ellos parecen presuponer con más malicia que ignorancia que todos salimos del mismo punto de partida y también que queremos compartir su visión fenicia de la existencia, sacrificar nuestras vidas en el altar de la economía. A esto se dedica el Ministerio de Competitividad; nos instala en la jungla, en la City de negocios, y nos pone a comernos los unos a los otros. Los más fuertes sobreviven, se casan y mejoran la raza con rubios retoños.

Sobre competis, prefiero hablar de las carreras a las que, como sabe el parroquiano de este blog, asisto de vez en cuando, amateur y contento con mis 21 km., pero la palabreja es tan despreciable y repugnante, tan miserable, que hasta el deporte mancilla cuando transforma una actividad eminentemente lúdica- y de experiencia interior en el caso de las carreras- en una obsesión por las centésimas de segundo, las clasificaciones y el privilegio del ganador, ya que todo lo que es realmente bueno se hace por sí mismo. Pero será Rayco Ancor el que dará cuenta de todo esto, si somos capaces de leer en los detalles que nos brinda su universo particular, con la mayor exactitud.

Los días difíciles…

Los días difíciles
las mañanas sin nada
las noches de paranoia en la cama
cuando incluso la Play es una farsa
y en la moto hay centímetros cúbicos
gritando por gasofa
cuando solo jamo latas y chopped
y la vida es mascosa
cuando fumo prestado
cuando al llegar a casa
templado, escondiéndome
la piba me mira como una gata
hay mal rollo, es fácil ver
la difícil solución
por muchas vueltas que de
a un asunto superior
como es el del trabajo.
Se dice que en España hay mucho paro
y bueno, es que me da igual
para ser sincero yo no he buscado
mucho, pero algo tengo,
siempre hay un business chico entre mis manos
sobrevivo y palante
¡De mí mi propio amo!
Que trabajen, si quieren, las máquinas.
A pesar de esos días
de momentillos malos
nadie podrá decir que yo vivía
como el resto de esclavos
aunque tenga un modulito de F.P.
siempre fui contra todo
tiene algo de rebelde el ser decente
y currando en Zara Men
segurita de mierda
de pinche en un bar sirviendo hamburguesas
¿no queda el alma muerta?
Yo preferiría no tener móvil
ni una moto siquiera
e incluso ir por la vida sin camisa
para no sufrir pena
porque a veces es bueno ser radical
y llamar a lo normal
dándole vuelta y vuelta
con un nombre que a todos les gusta usar
sin entender. Libertad. 


domingo, 21 de octubre de 2012

Tío Bartolomé



Hace años escribí una entrada, con motivo de la construcción de unos nuevos mamotretos hoteleros en el Sur, incluyendo la transcripción distorsionada de una extraña conversación telefónica. Hoy acabaremos con el misterio. Se trataba de un extracto de "¡Risa!", mi / la última novela de Rayco Ancor, en donde Bartolomé, genio y figura del nuevo rico canario amante del ladrillo desbarra a piacere sobre el progreso, las Islas, el turismo, las ilusiones perdidas, etc. Les dejo de nuevo con aquel texto pero sin distorsiones.

-Aquí no se pueden hacer negocios ni tirar para adelante bien, como tendría que ser, porque hay veinte mil cortapisas de por medio. Si quieres rodar un callao de la playa tienes que tener suerte con el político de turno, rellenar veinte mil papeles y mandar a tres tíos a comer ventanilla de fijo en el Ayuntamiento, el Cabildo o el edificio de Usos Múltiples, pagarle a unos machaca para que duerman allí, eso si te va bien y no entras por la vía judicial. Eso en otros países no es así, otros países que además no tienen la gallina de los huevos de oro que tenemos nosotros, el turismo, que no se va a agotar nunca, nunca jamás, te lo digo yo, aunque ahora estén que no cagan con el moro, que si las playas de Marruecos y las costas interminables, sí, es verdad, pero qué va, yo el moro no me lo creo todavía, tienen que pasar muchas cosas para que aquello se ponga jugoso, y yo no lo veré porque eso allí abajo no va a coger cabeza por lo menos hasta dentro de cincuenta años. Vete a contarle tú a los touroperadores alemanes que se traigan el ganado gordo a Marruecos, que inviertan allí fuerte como aquí o en Mallorca; cuando vean que allí no pueden beberse un whisky ni comer cochino ni ir a discotecas que no estén dentro del recinto del hotel o coger un jeep y viajar por el país sin sobornar a la policía o sin que los secuestren o les metan una bomba, cuando vean a los morillos babándose encima de la muchachas rubias y diciéndoles de puta para arriba por enseñar las tetas en la playa… que no hombre, que no me lo creo. Esto aquí fue distinto, porque el canario aunque fue siempre pobre siempre fue bueno y hasta el mago más bruto de Las Lagunetas era una persona a la que se le podía enseñar lo que le conviene, que es tener dinero, carreteras, supermercados, buenos coches, casas y apartamentos, sin las soplapolladas de la religión y de Alá y del extremismo, por favor. Esto aquí es el Paraíso y no tiene competidores reales. Además si sale competencia bienvenida sea, Pepito, vamos a mejor, todos, turismo de más calidad, no de ingleses borrachos y gentuza, que los manden a esos para África a armarla, sino de golf y de perras, de resortes (sic) en el Sur, soltando billetes, creando puestos de trabajo, creando riqueza. Qué va, mi niño, los moros están todavía atrasados en comparación a nosotros, que aquí hay de todo, se tienen que quitar la chilaba de arriba, de la cabeza me refiero, la cabeza, Pepe, eso es lo más importante. ¿Qué quieres tú, a ver? ¿Qué ordenador quieres tú, que tanto te gustan las máquinas? ¿Cuál es el que te gusta a ti, el Mac ese, no era? ¿Qué moto quieres tú, la Ducati italiana, que es la que a ti te gusta, para darnos un disgusto a tu familia en cualquier momento? En día y medio, máximo, tienes aquí la moto, querío, la que más te guste. ¿Quieres caviar iraní, del mejor? Lo tienes. ¿Quieres chuletón de novillo argentino, del mejor? Te lo comes. Esto es el Paraíso y mucha gente lo está echando a perder, poniendo obstáculos, metiendo papeleo, regulaciones y regímenes fiscales draconianos, menudo palo nos dieron con lo del puerto franco, cuando los que hemos hecho estas islas, los que hemos construido estas islas dándoles riqueza no han sido ni los abogados ni los médicos ni los políticos ni los profesores de universidad ni los arquitectos, sino nosotros, los currantes, los empresarios. Nosotros jalamos del carro y el resto viene dentro metido. El que no lo quiera reconocer es un gilipollas. Unas cosas se consiguen primero, los capitales e infraestructuras, y las otras llegan después, todas las mariconadas. Da rabia que la gente se olvide de eso, a mí me da rabia. Da mucho coraje, Pepito, que uno maniobre como sabe hacer, con cabeza y apostando fuerte por crear riqueza aquí y le caigan arriba un viaje de pollabobas aguafiestas y lo metan a uno en el talego. ¡En el talego! Me descojono yo de los disidentes de Cuba, me descojono de los presos políticos y los refugiados, que lo único que hacen es darle a la lengua cuando uno además de deslomarse a trabajar todos los días (en mi época yo salía de mi casa a las cinco de la mañana y llegaba a las nueve, diez de la noche) por toda la sociedad en peso, calladito la boca, acaba con sus huesos en la cárcel. Es de risa, Pepito, descojónate, por favor. Claro, es lo que dice Blas. Nosotros los canarios lo tenemos todo pero no tenemos nada. O sea, que nuestro peor enemigo es el enemigo interior, dice, nosotros mismos, y no me refiero a la competencia, que oye, si a los Morellones les va bien eso significa que me va a ir mejor a mí, porque el dinero atrae el dinero, métete eso en la cabeza ya si quieres ganar perras, Pepe, sino los otros, los aguafiestas, los que se han metido en las cámaras de comercio a tocar los cojones y que no son negociantes natos, ni currantes ni empresarios ni nada, una mano de maricones todo el día con el librito de las leyes para aquí y para allá, con sus abogados mirando las jugadas ajenas con lupa, por puras envidias. No saben jugar, ven que uno juega de puta madre y te cortan las alas como puedan, para joderte sin motivo. No es la competencia, como se creen los pibes jóvenes, los empresarios jóvenes, porque la gente con cabeza como yo, los que valemos aquí en esta tierra siempre nos hemos entendido bien y hemos procurado no pisarnos el terreno. ¿Que hay problemas? ¿Que de vez en cuando hay roces entre nosotros? Es lógico, raro es que no los hubiese, pero eso siempre, los que servimos para algo, lo hemos sabido llevar con salud. Si al final resulta que tengo que ceder yo, pues cedo, mi niño. Para la próxima cedes tú, sin hacernos mala sangre, que con unas cenitas, unos vinitos y unas charlitas de persona humana civilizada, sin chilabas y sin babuchas, se resuelven todos los problemas del mundo, y más en un sitio tan pequeño como Gran Canaria, sin sangre, te digo, que tampoco estamos en Sicilia ni esto son reuniones de la mafia, algo que le he dicho cien mil veces a Blas cuando se pone tontito con la pistolita, “guárdate eso, totorota, a ver si te vas a despelusar la barba, que esto no es “El Padrino”, bobilín”. Entre nosotros no hay problemas, cualquiera que ha trabajado más de veinticinco años lo sabe. Si Morellón mañana hace otro hotel de cinco estrellas en el Sur, con quinientas habitaciones, y cada habitación usa un rollo de papel higiénico por día, de promedio, estarán haciéndose todos los días quinientos rollos de papel más en la fábrica de papel y al final resulta que les hará falta otra nave industrial y me van a llamar a mí y a Blasito para que se la construya. Es el “Efecto de las Mariposas”, Pepito, ¿sabes lo que es eso, mi niño? Pues lee un poquito de Historia para que aprendas cosas importantes. Eso significa que todas las mariposas del mundo, aunque sean pequeñas, son tantas, que si agitasen las alas a la vez, todas, podrían provocar un tornado de máxima potencia, y aquí, nosotros, más o menos cuando tu naciste, la mejor época de crecimiento que ha tenido Canarias, fuimos todos como mariposas, ¡maricones no, coño!, al golpito trabajando, entre todos, echándonos cables. Tú me contratas, yo te recomiendo y te presento a otra gente si sabes currar, y tiro porque me toca. Así montamos lo que montamos aquí, un país civilizado desde las piedras, nosotros, chiquillos de la calle sin educación superior ni universidad ni pingas en vinagre, sino curiosidad, ganas de aprender de la vida, humildad, respeto por los mayores, buenas espaldas para soportar palos, y cojones, muchos cojones para rompérnoslos trabajando todos los días, de sol a sol. Yo empecé cargando sacos de picón, Pepito, yo en el muelle cargaba con quince años sacos de picón que venían de Lanzarote, en una carretilla, y con veinte años o así me compré un camión, ¡con veinte años Pepe, en esa época, que se lo cuentas a alguien y no se lo cree! Mi pobre madre, tu abuela en paz descanse que vendió unos alpendres que tenía en el Lomo Magullo para ayudarme a mí a pagar el camión, y desde que tuve el camión transportaba yo todo el picón que podía, a donde fuese, al Sur, al norte, al centro, a todos lados, y en el muelle me tenían a mí loco, todo el mundo quería trabajar conmigo, Bartolomé el del picón, me decían, porque la gente que me daba cosas para transportar (ya después transporté material de obra de toda clase) sabía que conmigo estaban asegurados, que el plazo se cumplía, que la mercancía llegaba íntegra, y que al día siguiente me iban a tener allí para informarles de todo, de cualquier cosa que me dijesen en destino, preparado para llenar el camión otra vez con mis propias manos y salir a escape a trabajar como si aquí hubiesen pasado dos portaaviones americanos y aplanado la Isla a bombas. Luego ya sabes la flota de camiones que tuve, antes de vender esa empresa y meterme con Blas a trabajar, porque a todo el mundo, diez años después, le dio por hacer lo mismo, comprando camiones como locos, alemanes, mejores que los míos. ¿El moro? Me descojono, Pepito, allí echados en la calle, sentados, fumando en pipa esperando coger a un guiri para estafarlo con una alfombra hecha en China. No tienen espíritu los moros y aquí todavía falta espíritu, necesitamos más espíritu, Pepe, los canarios, para poder ponernos donde nos merecemos, en lo más alto. Yo miro para mi casa, Pepito, yo miro ahora todo lo que tengo, esa tele, esa mesa, ese sillón grande con el tapizado de vaca, o cebra, qué sé yo lo que es, piel de verdad, que se abre, enorme, que lo compró mi mujer en paz descanse sin decirme nada y con mi dinero, carísimo, y que tanto te gusta a ti para dormirte las siestas, el jodío sillón lo miro y después me acuerdo de quién era yo, de cómo pesaban los putos sacos de picón y cómo tenía el hombro en carne viva al principio y con un callo por toda la espalda al final, me acuerdo de cómo se trabajaba en ese muelle, de ver a algún otro animal como yo currando que al final también consiguió colocarse como Dios manda, y me echo a llorar. No lloro ni nada, cojones, pero me dan ganas, coño, se me saltan las lágrimas sin querer. ¿Sabes por qué no lloro? Por culpa del enemigo interior. Eso en vez de darme pena, como mis recuerdos de niño trabajador, me da rabia, porque destruye mis recuerdos y me provoca. Dándolo todo por esta tierra, dejándome la salud, la espalda, que me la jodí con tres años más que tu hermano Samuel, y dejándome también un poco la cabeza, no lo voy a esconder, que desde lo de Blas me tengo que comer una pirulita para dormir (es una bobería en realidad, una cosa de plantas naturales, nada muy fuerte, según me dijo el bobera del psiquiatra) para que al final vengan cuatro hijos de puta, me metan en la cárcel y le terminen robando los sueños de un futuro mejor a aquel niño bueno, noble y trabajador, con la camiseta negra y rota del picón, que era yo.