martes, 6 de noviembre de 2012

Competiti-ti- titi- tit tt tii ti...

Ejemplar adulto de Titi

Cuando leo o escucho el nombre del nuevo y flamante Ministerio de Economía y Competitividad me poseen unas sobrecogedoras ganas de atentar. 

Esta nomenclatura elegida por el equipo del ministro De Guindos tiene la virtud, como la mayor parte de acciones relevantes de su partido, de polarizar el debate político en nuestro país. En consonancia con su naturaleza, las polarizaciones traen consigo la solo aparente desgracia de pasarse por el forro los matices, las sutilezas, las gamas de grises entre el blanco y el negro, reduciendo la profundidad o amplitud de los discursos pero  haciéndolos más concretos y vehementes. Si alguien tenía dudas de qué significaba ser de izquierdas - una palabra algo difusa en los asquerosos años noventa en los que tuve la mala suerte de criarme- la agenda política que lleva adelante nuestro Gobierno ayuda a disiparlas. 

Ya he apuntado varias veces por aquí la asombrosa capacidad de resolución de estas gentes, que los diferencia de sus predecesores, no solo del Pesoe sino también de sus padres y abuelos franquistas, mucho más atrabiliarios, criados en aquella España de los dos cojones, peor educados y aún no contaminados con la idea de un tipo de progreso a marchas forzadas contrario a las leyes de la biosfera y el groove de la diástole y la sístole. Al menos la siesta, como institución, era antes respetada. Estos tíos y tías son, en efecto, de los del partido de la gente que se levanta temprano, no se saltaron la primera hora en el College y por eso son muy técnicos, tecnócratas, los jovenes ya hablan inglés, ¡por fin!, están preparados para los así llamados "retos de la modernidad", lo cual no quiere decir que en sus cabezas no impere la más galopante demencia, que sean por definición unos bárbaros, ya que la competición es uno de los elementos esenciales de la barbarie.   

Como sabemos, la competitividad es otro de los dogmas del pensamiento neoliberal. Ellos lo destilan de una bella palabra con mucha historia, fundamental para la Modernidad, que se llama libertad. Pero debemos ser un poco más específicos. La acepción de libertad que el establishment conservador utiliza solo hace referencia a la "libertad de empresa". Nada más. Dar la parte por el todo, algo muy común, lleva a grandes errores que estos mamones aprovechan bien para inflar su retórica. La libertad en la pluma de Vargas Llosa... ¡qué fichaje tan peligroso han hecho!

Así, un (neo)liberal no es una persona más libertaria, sino alguien que está a favor del (neo)liberalismo, una teoría económica concreta que no tiene nada que ver, por un lado, con el concepto de libertad que se maneja desde la filosofía y, por otro, con el sentir general de las gentes, ese de estar retozando en medio de las flores y tocando en la guitarra "More than words" in saecula saeculorum. Este tipo de liberación solo es tal en lo que compete a las relaciones económicas de la existencia dentro del capitalismo, por tanto le tiene fobia a cualquier instancia que trate de regularla o disminuirla, como por ejemplo el poder político (que en su mayor parte vive en connivencia con esta fuerza nihilista) o el santísimo derecho a rascarnos los cojones mientras los yuppies se parten el culo a trabajar (comportamiento ejemplar y en vías de extinción al que incluso los yuppies más inspirados se consagran tras una carrera de éxito). Decir "político liberal" es un contrasentido: un buen liberal solo desea que todo lo regule el libre cambio a través de la competitititi. Ocuparse de otras cosas es accesorio, pues éstas vendrán dadas mediante dicha competi, encargada de generar los asuntos de los cuales habremos de ocuparnos en el futuro. Así ha sucedido también en el arte, hasta hace no demasiado la única esfera de lo social en donde el fin en sí mismo era el propio arte, no el top ten de los más vendidos y las galerías y negocietes y los prestigios correlativos que me producen fantasías muy AK-47. En realidad, viéndolo con lejanía -algo difícil si se siguen las noticias- se apunta a una forma de ver la vida o Weltanschauung, si me disculpan el oxímoron, muy marciana, como de gente nerviosa, intranquila, que no saben muy bien qué hacer con sus días. No me extraña que los buenos liberales y neoliberales sufran de stress, infartos e infelicidad crónica en medio de sus lujos, que tengan esa expresión avinagrada, de mirada afilada pero con un ligero extravío y labios finos, así Aznar, así De Guindos, ya que es muy difícil ser sabroso de espíritu y al mismo tiempo neoliberal. 

En resumidas cuentas, la libertad del liberal es la del ir por la sabana luchando para ser Rey León, o reyezuelo, la simple Ley del Más Fuerte. Con gran dureza de tormo, aplican la teoría de la evolución de Darwin a lo humano brindándonos así su particular y reducida idea del progreso, a la que si no te adaptas eres "libre" de ser deglutido y excretado por alguna hiena, algún campeón del negocio que si no puede domeñarte por sí mismo, te manda de regalo a unos poquitos antidisturbios, simpatiquísimos. Ellos parecen presuponer con más malicia que ignorancia que todos salimos del mismo punto de partida y también que queremos compartir su visión fenicia de la existencia, sacrificar nuestras vidas en el altar de la economía. A esto se dedica el Ministerio de Competitividad; nos instala en la jungla, en la City de negocios, y nos pone a comernos los unos a los otros. Los más fuertes sobreviven, se casan y mejoran la raza con rubios retoños.

Sobre competis, prefiero hablar de las carreras a las que, como sabe el parroquiano de este blog, asisto de vez en cuando, amateur y contento con mis 21 km., pero la palabreja es tan despreciable y repugnante, tan miserable, que hasta el deporte mancilla cuando transforma una actividad eminentemente lúdica- y de experiencia interior en el caso de las carreras- en una obsesión por las centésimas de segundo, las clasificaciones y el privilegio del ganador, ya que todo lo que es realmente bueno se hace por sí mismo. Pero será Rayco Ancor el que dará cuenta de todo esto, si somos capaces de leer en los detalles que nos brinda su universo particular, con la mayor exactitud.

Los días difíciles…

Los días difíciles
las mañanas sin nada
las noches de paranoia en la cama
cuando incluso la Play es una farsa
y en la moto hay centímetros cúbicos
gritando por gasofa
cuando solo jamo latas y chopped
y la vida es mascosa
cuando fumo prestado
cuando al llegar a casa
templado, escondiéndome
la piba me mira como una gata
hay mal rollo, es fácil ver
la difícil solución
por muchas vueltas que de
a un asunto superior
como es el del trabajo.
Se dice que en España hay mucho paro
y bueno, es que me da igual
para ser sincero yo no he buscado
mucho, pero algo tengo,
siempre hay un business chico entre mis manos
sobrevivo y palante
¡De mí mi propio amo!
Que trabajen, si quieren, las máquinas.
A pesar de esos días
de momentillos malos
nadie podrá decir que yo vivía
como el resto de esclavos
aunque tenga un modulito de F.P.
siempre fui contra todo
tiene algo de rebelde el ser decente
y currando en Zara Men
segurita de mierda
de pinche en un bar sirviendo hamburguesas
¿no queda el alma muerta?
Yo preferiría no tener móvil
ni una moto siquiera
e incluso ir por la vida sin camisa
para no sufrir pena
porque a veces es bueno ser radical
y llamar a lo normal
dándole vuelta y vuelta
con un nombre que a todos les gusta usar
sin entender. Libertad. 


domingo, 21 de octubre de 2012

Tío Bartolomé



Hace años escribí una entrada, con motivo de la construcción de unos nuevos mamotretos hoteleros en el Sur, incluyendo la transcripción distorsionada de una extraña conversación telefónica. Hoy acabaremos con el misterio. Se trataba de un extracto de "¡Risa!", mi / la última novela de Rayco Ancor, en donde Bartolomé, genio y figura del nuevo rico canario amante del ladrillo desbarra a piacere sobre el progreso, las Islas, el turismo, las ilusiones perdidas, etc. Les dejo de nuevo con aquel texto pero sin distorsiones.

-Aquí no se pueden hacer negocios ni tirar para adelante bien, como tendría que ser, porque hay veinte mil cortapisas de por medio. Si quieres rodar un callao de la playa tienes que tener suerte con el político de turno, rellenar veinte mil papeles y mandar a tres tíos a comer ventanilla de fijo en el Ayuntamiento, el Cabildo o el edificio de Usos Múltiples, pagarle a unos machaca para que duerman allí, eso si te va bien y no entras por la vía judicial. Eso en otros países no es así, otros países que además no tienen la gallina de los huevos de oro que tenemos nosotros, el turismo, que no se va a agotar nunca, nunca jamás, te lo digo yo, aunque ahora estén que no cagan con el moro, que si las playas de Marruecos y las costas interminables, sí, es verdad, pero qué va, yo el moro no me lo creo todavía, tienen que pasar muchas cosas para que aquello se ponga jugoso, y yo no lo veré porque eso allí abajo no va a coger cabeza por lo menos hasta dentro de cincuenta años. Vete a contarle tú a los touroperadores alemanes que se traigan el ganado gordo a Marruecos, que inviertan allí fuerte como aquí o en Mallorca; cuando vean que allí no pueden beberse un whisky ni comer cochino ni ir a discotecas que no estén dentro del recinto del hotel o coger un jeep y viajar por el país sin sobornar a la policía o sin que los secuestren o les metan una bomba, cuando vean a los morillos babándose encima de la muchachas rubias y diciéndoles de puta para arriba por enseñar las tetas en la playa… que no hombre, que no me lo creo. Esto aquí fue distinto, porque el canario aunque fue siempre pobre siempre fue bueno y hasta el mago más bruto de Las Lagunetas era una persona a la que se le podía enseñar lo que le conviene, que es tener dinero, carreteras, supermercados, buenos coches, casas y apartamentos, sin las soplapolladas de la religión y de Alá y del extremismo, por favor. Esto aquí es el Paraíso y no tiene competidores reales. Además si sale competencia bienvenida sea, Pepito, vamos a mejor, todos, turismo de más calidad, no de ingleses borrachos y gentuza, que los manden a esos para África a armarla, sino de golf y de perras, de resortes (sic) en el Sur, soltando billetes, creando puestos de trabajo, creando riqueza. Qué va, mi niño, los moros están todavía atrasados en comparación a nosotros, que aquí hay de todo, se tienen que quitar la chilaba de arriba, de la cabeza me refiero, la cabeza, Pepe, eso es lo más importante. ¿Qué quieres tú, a ver? ¿Qué ordenador quieres tú, que tanto te gustan las máquinas? ¿Cuál es el que te gusta a ti, el Mac ese, no era? ¿Qué moto quieres tú, la Ducati italiana, que es la que a ti te gusta, para darnos un disgusto a tu familia en cualquier momento? En día y medio, máximo, tienes aquí la moto, querío, la que más te guste. ¿Quieres caviar iraní, del mejor? Lo tienes. ¿Quieres chuletón de novillo argentino, del mejor? Te lo comes. Esto es el Paraíso y mucha gente lo está echando a perder, poniendo obstáculos, metiendo papeleo, regulaciones y regímenes fiscales draconianos, menudo palo nos dieron con lo del puerto franco, cuando los que hemos hecho estas islas, los que hemos construido estas islas dándoles riqueza no han sido ni los abogados ni los médicos ni los políticos ni los profesores de universidad ni los arquitectos, sino nosotros, los currantes, los empresarios. Nosotros jalamos del carro y el resto viene dentro metido. El que no lo quiera reconocer es un gilipollas. Unas cosas se consiguen primero, los capitales e infraestructuras, y las otras llegan después, todas las mariconadas. Da rabia que la gente se olvide de eso, a mí me da rabia. Da mucho coraje, Pepito, que uno maniobre como sabe hacer, con cabeza y apostando fuerte por crear riqueza aquí y le caigan arriba un viaje de pollabobas aguafiestas y lo metan a uno en el talego. ¡En el talego! Me descojono yo de los disidentes de Cuba, me descojono de los presos políticos y los refugiados, que lo único que hacen es darle a la lengua cuando uno además de deslomarse a trabajar todos los días (en mi época yo salía de mi casa a las cinco de la mañana y llegaba a las nueve, diez de la noche) por toda la sociedad en peso, calladito la boca, acaba con sus huesos en la cárcel. Es de risa, Pepito, descojónate, por favor. Claro, es lo que dice Blas. Nosotros los canarios lo tenemos todo pero no tenemos nada. O sea, que nuestro peor enemigo es el enemigo interior, dice, nosotros mismos, y no me refiero a la competencia, que oye, si a los Morellones les va bien eso significa que me va a ir mejor a mí, porque el dinero atrae el dinero, métete eso en la cabeza ya si quieres ganar perras, Pepe, sino los otros, los aguafiestas, los que se han metido en las cámaras de comercio a tocar los cojones y que no son negociantes natos, ni currantes ni empresarios ni nada, una mano de maricones todo el día con el librito de las leyes para aquí y para allá, con sus abogados mirando las jugadas ajenas con lupa, por puras envidias. No saben jugar, ven que uno juega de puta madre y te cortan las alas como puedan, para joderte sin motivo. No es la competencia, como se creen los pibes jóvenes, los empresarios jóvenes, porque la gente con cabeza como yo, los que valemos aquí en esta tierra siempre nos hemos entendido bien y hemos procurado no pisarnos el terreno. ¿Que hay problemas? ¿Que de vez en cuando hay roces entre nosotros? Es lógico, raro es que no los hubiese, pero eso siempre, los que servimos para algo, lo hemos sabido llevar con salud. Si al final resulta que tengo que ceder yo, pues cedo, mi niño. Para la próxima cedes tú, sin hacernos mala sangre, que con unas cenitas, unos vinitos y unas charlitas de persona humana civilizada, sin chilabas y sin babuchas, se resuelven todos los problemas del mundo, y más en un sitio tan pequeño como Gran Canaria, sin sangre, te digo, que tampoco estamos en Sicilia ni esto son reuniones de la mafia, algo que le he dicho cien mil veces a Blas cuando se pone tontito con la pistolita, “guárdate eso, totorota, a ver si te vas a despelusar la barba, que esto no es “El Padrino”, bobilín”. Entre nosotros no hay problemas, cualquiera que ha trabajado más de veinticinco años lo sabe. Si Morellón mañana hace otro hotel de cinco estrellas en el Sur, con quinientas habitaciones, y cada habitación usa un rollo de papel higiénico por día, de promedio, estarán haciéndose todos los días quinientos rollos de papel más en la fábrica de papel y al final resulta que les hará falta otra nave industrial y me van a llamar a mí y a Blasito para que se la construya. Es el “Efecto de las Mariposas”, Pepito, ¿sabes lo que es eso, mi niño? Pues lee un poquito de Historia para que aprendas cosas importantes. Eso significa que todas las mariposas del mundo, aunque sean pequeñas, son tantas, que si agitasen las alas a la vez, todas, podrían provocar un tornado de máxima potencia, y aquí, nosotros, más o menos cuando tu naciste, la mejor época de crecimiento que ha tenido Canarias, fuimos todos como mariposas, ¡maricones no, coño!, al golpito trabajando, entre todos, echándonos cables. Tú me contratas, yo te recomiendo y te presento a otra gente si sabes currar, y tiro porque me toca. Así montamos lo que montamos aquí, un país civilizado desde las piedras, nosotros, chiquillos de la calle sin educación superior ni universidad ni pingas en vinagre, sino curiosidad, ganas de aprender de la vida, humildad, respeto por los mayores, buenas espaldas para soportar palos, y cojones, muchos cojones para rompérnoslos trabajando todos los días, de sol a sol. Yo empecé cargando sacos de picón, Pepito, yo en el muelle cargaba con quince años sacos de picón que venían de Lanzarote, en una carretilla, y con veinte años o así me compré un camión, ¡con veinte años Pepe, en esa época, que se lo cuentas a alguien y no se lo cree! Mi pobre madre, tu abuela en paz descanse que vendió unos alpendres que tenía en el Lomo Magullo para ayudarme a mí a pagar el camión, y desde que tuve el camión transportaba yo todo el picón que podía, a donde fuese, al Sur, al norte, al centro, a todos lados, y en el muelle me tenían a mí loco, todo el mundo quería trabajar conmigo, Bartolomé el del picón, me decían, porque la gente que me daba cosas para transportar (ya después transporté material de obra de toda clase) sabía que conmigo estaban asegurados, que el plazo se cumplía, que la mercancía llegaba íntegra, y que al día siguiente me iban a tener allí para informarles de todo, de cualquier cosa que me dijesen en destino, preparado para llenar el camión otra vez con mis propias manos y salir a escape a trabajar como si aquí hubiesen pasado dos portaaviones americanos y aplanado la Isla a bombas. Luego ya sabes la flota de camiones que tuve, antes de vender esa empresa y meterme con Blas a trabajar, porque a todo el mundo, diez años después, le dio por hacer lo mismo, comprando camiones como locos, alemanes, mejores que los míos. ¿El moro? Me descojono, Pepito, allí echados en la calle, sentados, fumando en pipa esperando coger a un guiri para estafarlo con una alfombra hecha en China. No tienen espíritu los moros y aquí todavía falta espíritu, necesitamos más espíritu, Pepe, los canarios, para poder ponernos donde nos merecemos, en lo más alto. Yo miro para mi casa, Pepito, yo miro ahora todo lo que tengo, esa tele, esa mesa, ese sillón grande con el tapizado de vaca, o cebra, qué sé yo lo que es, piel de verdad, que se abre, enorme, que lo compró mi mujer en paz descanse sin decirme nada y con mi dinero, carísimo, y que tanto te gusta a ti para dormirte las siestas, el jodío sillón lo miro y después me acuerdo de quién era yo, de cómo pesaban los putos sacos de picón y cómo tenía el hombro en carne viva al principio y con un callo por toda la espalda al final, me acuerdo de cómo se trabajaba en ese muelle, de ver a algún otro animal como yo currando que al final también consiguió colocarse como Dios manda, y me echo a llorar. No lloro ni nada, cojones, pero me dan ganas, coño, se me saltan las lágrimas sin querer. ¿Sabes por qué no lloro? Por culpa del enemigo interior. Eso en vez de darme pena, como mis recuerdos de niño trabajador, me da rabia, porque destruye mis recuerdos y me provoca. Dándolo todo por esta tierra, dejándome la salud, la espalda, que me la jodí con tres años más que tu hermano Samuel, y dejándome también un poco la cabeza, no lo voy a esconder, que desde lo de Blas me tengo que comer una pirulita para dormir (es una bobería en realidad, una cosa de plantas naturales, nada muy fuerte, según me dijo el bobera del psiquiatra) para que al final vengan cuatro hijos de puta, me metan en la cárcel y le terminen robando los sueños de un futuro mejor a aquel niño bueno, noble y trabajador, con la camiseta negra y rota del picón, que era yo. 


domingo, 2 de septiembre de 2012

El talante contra los godos



CONTRA LOS ENTERADOS

“Una de las enseñanzas de la época de Hitler es la de la estupidez de pretender saber demasiado. (…) Siempre, según los listos, el fascismo habría sido imposible en Occidente. Los listos han hecho siempre fácil la partida a los bárbaros, porque son así de tontos. Son los juicios orientados y de amplia perspectiva, las prognosis fundadas en la estadística y en la experiencia, las afirmaciones que comienzan con un “a fin de cuentas, sé lo que digo”, son los asertos sólidos y concluyentes los que resultan eminentemente falsos”

Max Horkheimer / Theodor W. Adorno


Me he acordado esta mañana de domingo de un comodín político acuñado por el expresidente del gobierno español que pronto entrará en el saco del olvido: El talante.

La última legislatura del Pesoe (mejor escribirlo así, para no hacer referencia al confuso significado de sus siglas) acabó con el sueño de la socialdemocracia en España entendida como la buena avenencia entre el poder financiero, los agentes políticos y la sociedad civil. Hoy impera el Mal no por una intensificación de sus fuerzas o mayor capacidad de argumentación sino porque los únicos que podían hacerle frente en las urnas sucumbieron. Miserias del bipartidismo. La situación se tornó para muchos descreídos del Pesoe en algo tremendamente desasosegante. Igual era hora de votarle a IU- y muchos lo hicieron a tenor de su espectacular subida- pero eso supondría hundirse con conocimiento de causa en el agujero en el que hoy nos encontramos. Sea lo que sea, el Pesoe está en una situación difícil y, gracias al bipartidismo y los traspiés del sistema D´Hondt, así lo estamos todos. 

A grandes rasgos, lo que diferenció al Pesoe del Pepé - y disculpen que me vaya por peteneras pero siempre me ha hecho mucha gracia el hecho de que los nombres de los tres partidos mayoritarios apunten directamente a sus carencias: Partido socialista y obrero, Partido Popular (ya es la rehostia cuando se les llama "los populares") e Izquierda Unida, a los que seguiría votando aún con mayor ahínco si se denominasen Izquierda Desunida, pues en esa desunión veo la virtud del compromiso político en el disenso, lo que no es moco de pavo- fue el tema de la guerra de Irak y la menor velocidad de resolución de los primeros a la hora de aplicar los dogmas neoliberales: lo que el Pepé se carga en un ratito- y sobre esto hemos recolectado las mejores pruebas en los últimos meses- el Pesoe tarda años en destrozarlo. Estas dos son, desde mi punto de vista, las grandes diferencias de peso, si exceptuamos aquella que quiero hoy traer a colación, mucho más nebulosa. 

Me gustó de Zapatero, al igual que de Obama, aquello del talante. A pesar de que pueda sonar a palabrería hueca, a muletilla pseudofilosófica, a consigna propagandística socialdemócrata adaptada a la era posmoderna, creo que el talante, en toda su subjetividad, responde a situaciones anímicas que acaban por traducirse en hechos políticos reales. Quizás sea más fácil acercarnos a este término diciendo precisamente lo que el talante no es.

Hace algún tiempo me representaba una galería de arte situada en el así llamado Barrio de las Letras de Madrid, no lejos del Congreso de los Diputados y de las Cortes así como de otras instituciones, sedes de empresas y bancos en las que presuntamente se corta el bacalao nacional. En las pausas de montaje de exposición solía tomar café o comer algo en los bares cercanos. Allí, muchas veces me vi sumido en atmósferas cerradas en donde reinaba una asfixiante falta de talante. En estas barras, señores de mediana edad, trajeados pero sin ganas de vestirse así, o asao- como si los vistiera su madre o su jefe- hojeaban la prensa a gran velocidad y, a viva voz para que los escuchase la concurrencia, exponían sus teorías acerca del progreso de la nación, con un aplomo tal que efectivamente parecía que firmaban ese día algunos decretos o leyes fundamentales para el país. Después resultaba que solo eran tristes oficinistas. Volaban las expresiones retóricas contundentes como el "¡lo que yo te diga!" o "¡pues va a ser que no!", garantes absolutos del valor de sus juicios; se engullían montaditos buenísimos, se vaciaban las cañas en dos buches, se despachaban cafés a gran velocidad y olía a tabaco negro. La dolorosa, bien salada para las tres boberías consumidas, se apoquinaba sin drama alguno. En menos de media hora estos señores y señoras le habían brindado al público un repaso de la actualidad nacional e internacional y el fútbol lleno de sinceridad, expertise y, sobre todo, mucho realismo. Como decía un amigo madrileño de mi familia: "En Madrid, en un bar, a las once de la mañana de un día entre semana, te encuentras con un conocido, y si no te ha dado una conferencia, se la das" En Canarias tenemos una palabra despectiva que describe bien estas situaciones, que a mí me gusta mucho y que lamentablemente ha quedado mancillada tanto por las pacaterías de la corrección política como por el provincianismo excluyente y subnormal del nacionalismo coalición: el godo. En aquellos bares siempre pensaba para mis adentros: "¡Fuertes godos!" Es precisamente el godo aquella persona que carece de talante. De ideas claras, es resolutivo en su visión parcial, no tiene tiempo para la reflexión en calma, para aplicar moratorias, y lleva adelante sus medias verdades (o Halbbildung como la llamaba Adorno) caiga quien caiga, con una manía discursiva común que se basa en manejar gran cantidad de datos deslabazados y porcentajes científicos sin contexto, aquí y allá, como si el conocimiento tuviese algo que ver con ganar al Trivial Pursuit, del tipo "¡que te digo que el 28,5% de los inmigrantes rechaza firmar contratos de trabajo!" A ver quién le rebate nada a ese 28,5%. Sin embargo, lo que más aprecio del uso de la palabra godo no es cuando yo, henchido mi pecho de desprecio ante los enterados, echo mano de ella o la escucho en boca de algún político chaflameja y racistilla de "los nuestros", sino cuando la incorpora en su modo de actuar, en un acto contrahegemónico, un peninsular.

Unamuno, peninsular hasta las cejas y devastado en su ser por el "problema España", es un hombre de talante. Otro de estos es Berlanga, que se pasó buena parte de su vida filmando con plena conciencia situaciones godas extremas, entre lo cotidiano y lo grotesco, hasta producir carcajadas. Almódovar hereda este escenario pero le hace un quiebro, aprovechando la transición tanto vital como política del país, con la introducción de talante a través de sus personajes límite, más empáticos, menos categóricos, menos obsesos con el bendito sentido común y la "normalidad", y al mismo tiempo españoles hasta la médula. Por otro lado, nuestro querido ministro de Turismo, grancanario de pura cepa, y que quiere llenar de petróleo las aguas canarias en el plazo de tiempo más corto posible, es un godo ejemplar. Allí donde reina, por emplear la metáfora de mi primo Antonio, la "vieja piel de toro", se produce una interrupción del talante, y Zapatero, en toda su fofez, en toda su impotencia y falta de carácter para enfrentarse a quien debía, al menos acertó sacando esta idea a la palestra política.

El talante, como elemento gráfico formal, tal que un color, no está en el retrato de George W. Bush, por afable que éste parezca, y menos aún en aquel otro, tan elocuente, del Caudillo cantando el "Cara al Sol" con Millán. No hay ningún talante en la sonrisilla entre lo ruinito, la ironía de segunda fila y la sutilidad bujarra de Rajoy, ni en el "que se jodan" de Fabra, la rubia, exabrupto telúrico incontrolado que da la impresión freudiana de encubrir una secreta e insatisfecha pasión anal, ni en el "por qué no te callas" de aquel borracho.   

Hubo talante, por mucha conveniencia electoral que aquello supusiera, el día en el que Zapa no se levantó ante la bandera de los Estados Unidos, o cuando Sánchez Gordillo, con sus poderosos dientes separados, es capaz no solo de decir verdades aplastantes dentro de la boca del lobo sino además acallar a gritos, jugando a su juego con total comodidad, a las machangas übergodas encocadas del sálvame o el debate o como coño se llame esa mierda de programa. 

Otro concepto del que carece el godo es el del sabor o lo sabroso, omnipresente en el contexto de las políticas progresistas latinoamericanas, un jugoso adjetivo con el que me he partido los cuernos intentando traducírselo a algunos amigos alemanes. Esta idea y otras muchas, junto al talante, tendrían cabida en un manual de gramática de poética política. No estaría mal en esta época en donde impera el economicismo hasta en las dimensiones más epidermicas del sujeto escuchar otras palabras, otras formas de enfocar lo político, para que no nos ahogue con su grave cháchara nuestra prima de riesgo, otorgándole belleza a los gestos correctos, como pringar en Mercadona para darle a los que no tienen un duro. Es robo, sí, no hace falta esconderse ni utilizar eufemismos para definirlo, pero es un robo, aparte de legítimo, de grandísima belleza. Por cierto que, en España, Mercadona es mi supermercado favorito. Espero que la próxima vez los del SAT o quienes sean no se lleven solo los alimentos de primera necesidad sino también los vinitos buenos y gambones del número uno. Como si no nos gustaran, no me jodas... 

Según la pseudociencia de la fisiognomía a través de los rasgos de la cara, independientemente de los cánones de belleza del momento, sería posible adivinar si una persona tiene "talante" o no. Ante estas tres poses prácticamente iguales, yo lo veo muy claro.

jueves, 9 de agosto de 2012

En defensa del perroflauta



No hace falta poner ejemplos: La cosa se está poniendo dura. La peña se está lanzando a la calle en masa, personas que hasta hace bien poco no habían tenido mayores querencias con las reivindicaciones sociales, que se consideraban apolíticas, “pasaban de todo” o ironizaban incluso hacia los nulos efectos de las manifestaciones, a sus ojos, congregaciones de borregos coreando estupideces que al día siguiente solicitan un crédito al banco, como todo hijo de vecino. El panorama ha cambiado. La presión de los de arriba se hace insoportable. Ya no hablamos de la defensa de unos vaporosos ideales utópicos sino de acciones directas en contra del saqueo a nuestras carteras. Nos sacan la puta pasta de la cuenta, así de sencillo, nos echan de nuestras casas y trabajos, algo que ya no podemos tolerar sin al menos alzar una voz de protesta. Ahora agitamos las pancartas de cartón y ladramos consignas revolucionarias sin demasiada vergüenza, pero eso sí, mucho ojito: que a nadie se le ocurra confundirnos con perroflautas.

De entre “los nuestros”, el perroflauta es el ser mas odiado por el común de la masa que grita en las calles a partir del Quince Eme. Se oye a menudo “Si hay perroflautas me piro a casa” “La reunión fue muy seria. Ni un perroflauta” “Los políticos tienen que entender que esto no es una manifestación de perroflautas”, etc., pero antes de entrarle al trapo, les enlazo un entremés que nos pondrá en situación, un cuento de Rayco Ancor que ilustra estupendamente el encono hacia estas gentes.

El perroflauta, con su can y su instrumento, es un hijo legítimo del ya ilustre movimiento hippie, aunque de carácter más urbanita. Menos conectado al ritmo holístico de la naturaleza que al couchsurfing, se trata de un hippie posmoderno y como tal descafeinado, con una estética cercana a la del rastafari y el punk, y alejada del cromatismo flower power. Se le dice perroflauta a aquel joven menor de treinta y cinco años, frecuentemente estudiante universitario, que se dedica a diversas actividades no reguladas como la música callejera, el malabarismo, la pequeña artesanía, los trabajillos en negro, el menudeo de drogas (¿es o no encantadora la palabra "menudeo"?) o la simple mendicidad. No obstante, muchos, si no la gran mayoría, reciben una asignación mensual de su familia que les permite gozar de enriquecedoras experiencias espirituales tras el pago por una plaza de avión en ruta transoceánica. Tirados, cuentistas, poco serios, flipados, gorrones y chaflamejas, el perroflauta levanta ampollas en la conciencia del buen ciudadano trabajador de la clase media. Pero no nos dejemos confundir: si acaso no son lo mismo, tanto los hippies como los perroflautas provienen de las clases medias y altas, perteneciendo así a la clase social mayoritaria que se ha lanzado a las calles a partir del Quince Eme, si exceptuamos a los mineros. El perroflauta representa una suerte de enemigo interior, y ya sabemos que es en las guerras civiles en donde el odio más se intensifica, pues la traición del hermano es la que más duele. 



Fredo Corleone (dcha.) traicionó a su hermano Michael (izq.) y pagó con su vida.

Yo, como muchos, también aprecio poco al perroflauta. Pero haciendo un esfuerzo por cuestionar lo que me viene dado, me pregunto si debería dejar de mirarlos con la suficiencia característica de esta clase media a la que pertenezco, que se siente sujeto histórico de Occidente y tiene una autoestima muy por encima de sus virtudes morales. 

Si no nos obsesionásemos tanto con el perro, la flauta y los dreadlocks, y nos preguntásemos qué es lo que marca la diferencia de hecho entre nosotros y ellos- pues somos hijos de la misma madre- nos daríamos cuenta de que se trata de su inadecuación al círculo de producción y consumo. Al individuo de clase media lo que le cabrea de verdad es que el perroflauta "no haga nada" mientras él se rompe el espinazo a trabajar, que no produzca y quiera consumir, que toque la flauta y gaste dinero ajeno, en definitiva, que sea un hipócrita: no da y toma como el que más. Este odio es un clásico del pensamiento reaccionario y se utiliza mucho para desprestigiar cualquier iniciativa de redistribución económica y política social. "¿Por qué tengo que pagar mis impuestos para mantener a estos parásitos?" suele decirse, una pregunta que aquí en Alemania enciende los debates a propósito del controvertido programa de reestructuración del mercado laboral Hartz IV.


Dreadlocks. Hasta hace bien poco pensé que los característicos pelos del rastafari, llamados en argot "grelos" y muy habituales entre perroflautas, se denominaban así por su semejanza con la verdura homónima. 

Yo nunca he entendido muy bien por qué no hacer nada es tan malo. Pienso que una sociedad sana sería aquella que tuviera un nivel de paro del ciento por ciento, todos gozando de una vida pagada por el Estado, a nuestra entera disposición. Entiendo el trabajo como la maldición bíblica, la condena a la que estamos predestinados y que nada tiene que ver con el dedicarse a fondo a un asunto o llevar una vida activa, desde mi punto de vista algo espiritualmente necesario (aunque sospecho que esto podría ser un prejuicio de herencia calvinista). Así, identifico la concepción común del trabajo (el curro) con la alienación y la crítica hacia los altos niveles de paro como el mayor de los despropósitos. Que trabajen las máquinas. 

Hay una palabra comodín que se emplea con frecuencia en el contexto de la clase media y que es tan respetada como ambivalente: la normalidad. Las personas normales. ¿Y no será que todo este ser "normal" (Playstation, Mercadona, jogging, Zara, sueldo, iphone, marcha, Visa, monogamia, coche, contrato, vacaciones, crédito) es la clave discursiva mediante la cual se nos exigen obligaciones arbitrarias, como la de la austeridad y la productividad, que vienen aparejadas a procesos también “normales” de la economía, como si la lógica de la economía, así en abstracto, fuese algo natural? Fuera ya de comentarios más o menos banales sobre los entrañables perroflautas, lo que parece empezar a aclararse en las explosiones sociales que ocurren últimamente es que en la economía no existe nada ni normal ni natural, así en nuestra era neoliberal como en la difunta Unión Soviética, pasando por la tribu amazónica. Es en cada uno de esos marcos económicos en donde la palabra normal cobra sentido y sirve como patrón de juicio. Así, si realmente creemos, cuando sostenemos la pancarta en la manifestación, que la democracia neoliberal es injusta e insostenible, que solo es uno de entre tantos otros tipos de sistemas económicos, deberíamos ser más listos a la hora de identificar al enemigo, que no es, ni por asomo, el perroflauta. 

Si a una persona normal se le dice: "Fulano trabaja un montón y está ganando cuatro mil euros mensuales" recibirá esta información como una buena noticia. Sin embargo, si se le dice "Zutano gana menos de quinientos euros trabajando muy poco" verá a dicha persona, con algo de lástima, como a un desgraciao infeliz. Y sería socialmente más saludable que pasase lo contrario. El aprecio al dinero está en la masa de la sangre de la clase media. Convendría revisar quién es más hipócrita cuando se manifiesta por un cambio de sistema que precisamente se alimenta de una correspondencia concreta entre actividad productiva y consumo,   que no tolera cambios de relaciones entre ambas esferas, pues tanto la sobreproducción como el consumo excesivo (cada contexto histórico y geográfico tiene su propia correspondencia, que no tiene porqué ser equilibrada para ser "natural") pueden llevar al sistema al colapso.  

En este juego de translocaciones de valores y roles podríamos proponer al yuppie como escoria social, como parásito a escachar, lo que ocurre es que los yuppies son personas educadas, trabajadoras, racionales, bien vestidas, sibaritas, amantes de la buena vida y algunos de ellos poseedores de una gran cultura, en definitiva, pueden llegar a ser personas encantadoras en los esquemas de deseos de la autodenominada mayoría, lo que no les libra de que algunos (sin duda, una minoría entre ellos, quizás el mismo número que de gorrones entre los perroflautas) especulen y monten unas catástrofes financieras alucinantes que llevan a muchas otras personas a la miseria y a la muerte. En España se batalla por la paga de Navidad, pero no hay que olvidar que en otros lugares la especulación con materias primas o medicamentos está llevando, en este mismo instante, a miles de personas a la muerte. 

¿Entonces, por qué carajo nos brota de dentro un sentimiento de desprecio fascista cuando vemos a un círculo de perroflautas formando parte de "nuestra" manifestación de personas “normales” y sin embargo nos resultan tan amables las formas y aspiraciones de los especialistas en hacer dinero? No propondré desde aquí el salir a la calle a reventar a palos a los businessman pero sí, quizás, a tenerle un poco más de aprecio, en contraposición, al malabarista del semáforo, el músico callejero o la piba (o pibe, que ya me he atragantado de clichés clasistas repitiendo el término perroflauta) del puestito de pulseras, pues está visto que las revoluciones reformistas de clase media, tras su periodo de lucha, acaban integradas de nuevo en la lógica del capital, que es capaz de reforzarse con todo aquello que lo cuestione, siempre y cuando pueda generar dinero. 

La única manera de acabar consecuentemente con el capitalismo es la práctica de la miseria. Pero la miseria tiene un sabor demasiado amargo. Hasta que podamos resolver la aparente contradicción de querer ser más pobres para ser más ricos (recuperar nuestra verdadera riqueza, como planteaba Benjamin) les dejo con un tipo con pinta de yuppie, tan bien trajeado como buen flautista

jueves, 12 de julio de 2012

Los timadores

De la serie "Los timadores". Dácil Granados. 2007


Buceando ocioso por las profundidades del disco duro externo encontré un texto que escribí hace cinco años para la exposición "Los timadores" de Dácil Granados. Cuando releí el primer párrafo quedé aterrado. ¿Era yo el autor de tremenda bazofia? Gracias al cielo, al adentrarme en la lectura, recordé que había concebido el texto para que se prestase a confusión, en buena compaña de las imágenes (fotografías de galeristas en ferias de arte) echando mano, como habitualmente se dice, de la "fina ironía". Tan fina que a falta de una aclaración podría colar sin problemas como el decálogo de consejos de un pelota profesional, entusiasta del mercado del arte, como tantos hay. Gocen del repelús.   

Cuando los artistas amateurs o recién salidos de la universidad toman conocimiento de las reglas básicas del mundo del arte, suele sobrevenirles un crudo escepticismo. Paseando por las ferias, visitando galerías o asistiendo a inauguraciones, se critica la falta de autenticidad y superficialidad que las reglas del mercado imponen a las obras de arte. El mercado es ese monstruo que compra y vende en la gran Babilonia desposeyendo de magia y pureza cualquier producción auténtica. Se habla mucho de prostitución. Se le achaca a los artistas de éxito el “haberse vendido”, llueven las descalificaciones personales en clave sexual… y es que lo que más claro deja el resentimiento del no profesional es que, para poder llegar a ser artista, no basta con hacer buenas obras de arte. Pensar lo contrario es una ingenuidad romántica. La realidad constata que los artistas que están ahí, en la escena, se parecen más a corredores de fondo, self- made women & men, que a genios excéntricos con boina, de vaporosa verborrea y mirada perdida en los cielos. El mundo del arte siempre estuvo fuertemente regulado por el dinero - al menos a partir del Renacimiento- y los que participan en su juego deben conocer a fondo sus entresijos para conseguir que sus discursos tengan presencia pública. Cuando hayamos interiorizado esto el mercado empezará a parecernos menos malo.

¿Qué hacer? El primer peldaño de la escalera pasa por analizar el entorno artístico local: qué agentes son importantes en nuestra región o comunidad autónoma, qué galerías de arte contemporáneo están conectadas al circuito nacional, de qué críticos y comisarios podemos disponer. Una vez que hayamos reconocido el terreno podremos empezar a asistir a inauguraciones, en museos y galerías, presentaciones o ruedas de prensa para dejarnos ver. En algunos meses ya sabremos quién es quién, y cuáles son sus posiciones y competencias dentro del negocio.


Es bastante raro que en un contacto directo con una galería lleguemos a buen puerto. Esta mediación entre artista y galería suele correr a cargo de críticos y comisarios. La misión de éstos es certificar la calidad y la madurez de nuestro trabajo para insertarlo después en el circuito comercial. Se puede acceder a ellos a través de certámenes y concursos, con lo que debemos contar con un buen dossier. Confeccionar un dossier es delicado. Fundamentales son la calidad en la reproducción de las imágenes, un buen diseño acorde a la estética de las obras así como un enmarcado teórico que le otorgue peso intelectual al proyecto, escrito en párrafos nunca demasiado largos. A los galeristas no debe abrumárseles con excesivo repertorio conceptual. Antes de pasar a la acción, hay que documentarse bien sobre las competencias y el corte profesional de cada galería, para no cometer errores, perdiendo el tiempo y el dinero. ¡No será la primera vez que el estupendo dossier de un joven recién salido de la carrera acabe en la trituradora de papeles de Saatchi o Leo Castelli, sin haber sido siquiera ojeado! Tras haber tomado contacto con una galería que muestre interés o decida representarnos, podemos afirmar que hemos entrado en el territorio profesional de las artes. Felicidades.

Si hacemos ganar dinero a nuestro galerista, éste nos dará visibilidad y promoción en su radio de acción mediático. Ventas, posibilidades de mostrar la obra bajo una buena infraestructura, y promoción son los ejes fundamentales sobre los que basculará nuestro éxito. La relación con el galerista debe ser siempre muy cercana, entre lo profesional y lo afectivo. Se trata de un colega de trabajo con el que colaboramos mutuamente y no, como se piensa desde la tribuna de los resentidos, de forma parasitaria.

En torno a la galería se aglutina un círculo profesional de personas compuesto por el propio galerista, otros artistas de la casa, críticos, comisarios, coleccionistas, periodistas y allegados al que debemos vincularnos con prontitud. De la mano de nuestra nueva familia asisitiremos a ferias, inauguraciones, comidas con clientes, reuniones, brunches e incluso fiestas, porque ¿acaso está prohibido divertirse trabajando? Basta con estar ahí, mostrando nuestra cara más amable, sin resultar pesados o parecer excesivamente interesados en la promoción personal, pues siempre habrá algún envidioso dispuesto a llenarse la boca de palabras feas. Este tipo de operaciones profesionales, tan poco habituales en la visión ingenua que se tiene de los artistas, son el pan nuestro de cada día en los sectores de negocios de mayor rentabilidad y prosperidad.

No podemos entender por qué se perpetúa el prejuicio que intenta apartar a los artistas del común de los empresarios de nuestra sociedad, sin ofrecer algún argumento que incluya a los creadores en el catálogo de los iluminados más allá de las realidades mundanas. Después de todo, ¿qué crímenes concretos ha cometido el mercado? Gracias a él hemos conseguido regular una actividad productiva que se movía desde hacía siglos en un terreno extremadamente resbaladizo, donde la diletancia y el intrusismo se entremezclaban maliciosamente con fines de estafa. Hemos logrado poner en su sitio a una legión de vendedores de humo, principiantes con ínfulas de diva y sospechosos oradores disfrazados de bohemio mediante el estamento profesional del currículo. Este aval de seriedad y compromiso es precisamente lo que nos ofrece el sistema de galerías. Y esto se nota cada vez más en el vibrante estado del nivel artístico de nuestro país. Nunca antes se había visto un panorama económico-creativo tan rico y esperanzador. Pero aún queda mucho por hacer, mucho por regular. Esperemos que, paso a paso, los artistas vayan abandonando libremente su rancia costra de mística oscuridad, y se dejen mimar un poco más por la jovial frescura del mundo empresarial.

lunes, 11 de junio de 2012

Impresiones del enemigo

Acabo de llegar de unas maravillosas vacaciones en Tailandia, pero no hablaré aquí de maravillas sino de cosas horribles. Hablaré del enemigo.

Aunque no se considera que pertenezca al selecto grupo de los cuatro "Tigres asiáticos" (Taiwan, Corea del Sur, Hong Kong y Singapur), Tailandia, y en especial su capital Bangkok, parece vivir un crecimiento económico capitalista muy fuerte, tanto desde el punto de vista financiero como ideológico. Tailandia "va bien", en el sentido aznariano, y lo hace configurando un paisaje urbano muy Blade Runner (cuyo ejemplo más notorio en Asia es, según me han informado, Hong Kong) que le puede llegar a resultar extraño a un europeo. Las megatowers de oficinas se alzan junto a las casuchas de los pobres, los yuppies sortean de camino al curro mercadillos apestosos, los centros comerciales de lujo se encuentran casi puerta con puerta con edificios- patera y los ultrarricos pisan la misma acera que los pequeños trabajadores y otros pordioseros sin que aparentemente exista un conflicto visible entre clases a nivel de calle, al menos en cuanto a violencia criminal. 


Se siente en la capital la brisa de un clima óptimo para los negocios, hecho éste que desde hace décadas invita a muchos empresarios occidentales a hacer de Bangkok su residencia. Además, y para acabar de endulzar la estadía, en Tailandia no hace falta ser multimillonario para gozar de los más refinados placeres. Basta contar con unas perritas, que en los ambientes selectos europeos se irían por el sumidero con la factura del primer cocktail. Por su parte, los que tienen pasta de verdad, dinero serio, pueden permitirse lujos estratosféricos que no están ni al alcance de las más brillantes estrellas de Hollywood.


La piñata rota con los regalos por el suelo presenta el escenario idóneo para el darwinismo social; el que vale, vale- y se apodera de todos los regalos a empujones (competitividad)- y el que no, a mamarla.


Francés senior neoliberal (caracterizado por Leslie Nielsen)

Un viejo franchute nos abordó con mucha amabilidad en una esquina de Bangkok, al vernos mirando un mapa que indicaba una calle que no existía. Buscábamos un restaurante, tras haber estado desde las seis de la mañana sin comer. Nos preguntó que qué nos apetecía. Le dijimos que thai, y con un gesto de asco lleno de arrogancia gabacha, nos aseguró que la comida thai era muy mala porque llevaba demasiada guindilla. La mejor comida del mundo era la francesa y en segundo lugar la coreana (el clásico "lo mío es lo mejor". Él era francés, su mujer coreana). Dejamos que nos guiase por las calles en busca de un japonés que juzgaba excelente mientras, tras preguntarnos por nuestra nacionalidad, se puso a despotricar salvajemente de los políticos españoles, cosa que en principio me pareció simpática pero que acabó por otros derroteros. El franchute opinaba, como buen neoliberal, que la política de estado, en la entrada del siglo XXI, era una forma de poder anacrónica y lastrante. Los políticos debían hacerse a un lado para dejarle el paso abierto a los empresarios, que al final son los que resuelven las cosas. El problema no era que la clase política fuese así o asao, corrupta, mala, débil, etc, sino que su competencia y poder eran absolutamente desmedidos; ya era hora de pasar de una visión social política a una visión social empresarial. Los mejores políticos del mundo, nos informó, estaban ahora mismo en Corea del Sur. Se limitaban a mantener un clima seductor para las inversiones y potenciaban desde el Estado los negocios sin cortapisas. Allí llevaba él trabajando mucho tiempo, aunque su residencia estaba en Bangkok, con una empresa francesa, para construir a su baby, el tren rápido de Seúl (o algo así le entendí) Tras largar los clásicos tópicos sobre el "progreso" y el milagro asiático, nos dejó en un centro comercial lleno de pijos occidentales y tailandeses imitando a pijos occidentales en donde se encontraba el japo, caro como su puta madre, al que no entramos. Antes de despedirse, el señor, muy intrigado, me preguntó: "Tú, que eres artista, dime, sinceramente: ¿Fue Picasso un artista de verdad o un impostor?" Para él, era un impostor. Y a los impostores había que darles un golpe en la cara, ¡pum!. Así de resolutivo se mostraba el amable viejito. Un prohombre con las ideas claras.

Obeso noruego tatuado egomaníaco (caracterizado por uno de los cochinos de Wim Delvoye)
Turkish Airlines canceló nuestro vuelo de regreso pero tuvo el gesto, enrollado a la par que desmedido, de alojarnos hasta el siguiente vuelo en un hotel de cinco estrellas con dos comidas durante las ocho horas de espera. En el restaurante, uno de los pasajeros dejados en tierra nos abordó mientras conversábamos con otro pasajero. Gordo seboso mórbido y lleno de tatuajes macarras, el noruego egotista comenzó rapidamente a hablar de sí mismo. Veintiún años en Tailandia, trabajador en la industria petrolera noruega, su familia tenía la mayor plantación de caucho del noreste de Tailandia, su padre era dueño de un resort en Phuket... nos encajó el directo en la mamona en el primer round. Gracias al cielo, su arrogancia nos dio un respiro cuando empezó a hablar de Gran Canaria, pues al parecer había pasado los veranos de su niñez en San Agustín, atisbos de verdad entre tanta fantasmada incomprobable a tenor del conocimiento que tenía de los nombres de bungaloses y otros lugares del Sur. Así como el rollito del franchute enterado podía dar para una pequeña conversación incluso en su visión dogmática de la sociedad y su ignorancia despreciativa hacia todo lo que no fueran business, la vaca marina, aunque era locuaz e incluso brillante a la hora de expresarse, carecía por completo de luces, dispuesta solo a alimentar su enfermo ego de la forma más pueril citando obscenamente las cifras que ganaba y nombrando sus pertenencias. Le gustaba, decía, tenerlo todo doble: dos salones, dos duchas, dos coches, etc. (¿recuerdan al personaje de "Huevos de oro" de Bigas Luna? También a aquél solo le faltaba, decía, tener dos pollas) Nos enseñaba sin pudor su mansión doble por el Iphone, vídeos en los que accionaba una y otra vez el mando de la enorme puerta automática de su fabuloso garaje- so funny! It´s like a game, you know?- y se lamentaba de que las cosas ya no fueran como antes en Tailandia: había que pagarle bien a los miles de trabajadores que sangraban árboles de caucho para su familia, aunque esto tenía sus ventajas, porque ahora trabajaban más rápido y más horas, y la producción se incrementaba. Wow, really, these guys can cut so fast... A él, decía, también le gustaba ponerse el mono de trabajador de vez en cuando y sacarle la leche gomosa a los arbolitos, just for fun. "Todo el día en el despacho te deja el cuerpo anquilosado", aseguraba el cochino. Tuvimos la mala suerte de volvernos a encontrar con él dentro del aeropuerto y de que nos raptara para tomar una cerveza, que se encargó de pedir en tailandés con un tono más allá de lo despótico. Y ahí se soltó la peluca, sincerándose acerca de sus planes vitales y aspiraciones: quería empezar a ganar el año que viene 25.000€ mensuales, y en cinco años, 50.000, "tengo muchos gastos", afirmaba el gorrino, "mi mujer quiere joyas y oro, todas las chicas quieren eso" Moneiba le decía que ella no, pero él no lo podía creer. "Todas, todas las chicas quieren joyas y oro, y si dicen que no, mienten" y sus cinco hijos tenían que recibir la mejor educación, por supuesto en colegios privados, los más caros, that´s the way it is, repetía el muy jediondo, en quince años tendría que estar cobrando 100.000 mensuales, that´s the way it is, that´s the way it is....

Y lo cierto es que, al final, se me ha quedado la impresión de que, al menos en Bangkok, that´s the way it is. Es la dimensión ideológica del asunto la que personalmente más me inquieta, esto es, la aceptación de las reglas del juego capitalista como única posibilidad para el desarrollo personal, la incapacidad del sujeto de imaginar un cambio social material real que nazca del replanteamiento de sus deseos. El metarrelato parece no tener fisuras, es una fe fuerte, el más extendido de los fundamentalismos porque el that´s the way it is - otro sinónimo del "lo que hay"- obliga a ser persona solo dentro de las fronteras de esta realidad eterna. Los que se sienten a disgusto en ella son solo algunos pocos seres desclasados con un sobresaliente despiste en la cabeza. Al final, te van a gustar el oro y las joyas, por mis cojones.   

Al viejo franchute no me quedaron ganas de decirle nada más. Su carácter resolutivo e ideas claras de hombre de acción lo convertían en una piedra impermeable. Al seboso me hubiese encantado enseñarle fotos de mi casa con su mismo entusiasmo y total seriedad. "Esta es mi cama, con patas de madera de bastidor, que  chirría" "Esta es mi calle, llena de adoquines y plantitas silvestres sin podar" "Esta es mi bicicleta" "Este es mi amigo camarero" etc. porque precisamente ahí, en el valor que le concedemos tanto a lo que tenemos como a nuestros deseos y aspiraciones, es en donde pueden llegar a desvanecerse muchos de los fantasmas de la ideología. El gordo debía creer que, realmente, hay mujeres que no quieren joyas ni oro, que yo no quiero tener dos coches ni dos pollas, ni ganar 50.000€ mensuales, no quiero 50.000€ mensuales, no me hacen falta, no los necesito, estoy mucho mejor con mucho menos. Seguramente la vacaburra noruega hubiera seguido sumida en sus dogmas de fe, pero bueno, en fin... ¡cómete otra burgerkín, jodía bosta!      

De regreso a Berlín, mi querido barrio algo decadente, decrecido y silencioso, me revitalizó, dándome tranquilidad y haciéndome sentir en casa de nuevo, lejos del ojo del huracán nihilista.    
        

martes, 8 de mayo de 2012

Megamix

                                  

Hace tiempo que no escribo nada porque he decidido meterle mano a un texto sobre pintura un poco más largo que los que habitualmente cuelgo aquí. Lo escribo por dos motivos: el primero es una expo en la flamante nueva sala de arte del Gabinete Literario de Las Palmas, con su pequeño catálogo, que debería inaugurar en junio, y que se canceló hace meses, así como toda la programación del espacio hasta nueva orden. Dicho texto para el catálogo, cuya dirección artística corría a cargo de Francisco Castro, iba a ser la base de una suerte de conversación extensa y prólija entre ambos, más experiencial que académica, sobre el arte de la pintura. El segundo motivo ha sido la visita en la Neue Nationalgalerie de la magnífica retrospectiva de Gerhard Richter, y sobre todo sus declaraciones ya añejas en torno a la pintura, que así rezan:

„Über die Malerei zu reden, ist ja nicht nur sehr schwierig, sondern vielleicht sogar sinnlos, weil man immer nur das in Worte fassen kann, was mit der Sprache möglich ist – und damit hat ja eigentlich Malerei nichts zu tun (…) Die Bilder machen was sie wollen“ 

"Hablar sobre pintura no solo es muy difícil sino que incluso puede que no tenga sentido, porque solo se puede atrapar con palabras lo que pertenece al lenguaje, y con éste no tiene la pintura nada que ver (…) Los cuadros hacen lo que les da la gana" 
(Traducción, discutible, de un servidor)


Estas sabias palabras, que de alguna manera también comparto, me provocan la misma sensación que aquel conocido axioma de Wittgenstein: "de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse", esto es, unas ganas horribles de parlotear cual papagayo. Ese "puede que incluso" de Richter termina siendo una provocación de carácter casi erótico, porque el hecho diario de pintar y pensar en lo que se hace, en mi caso y creo que en el de todos los pintores (al menos desde el Renacimiento) es inevitable. Así que estoy inmerso en la redacción de páginas y páginas de vaporosa prosa intelectual con la esperanza de encontrarme algo interesante por el camino de lo inútil. Hasta que descubra ese tesoro submarino, y para que mis legiones de fans no me digan que "estoy perdío", aquí van unos frutos secos, variados, salpicón de carne y pescado, sándwich de salchicha del de Calle13 o megamix trepidante de temas sin desarrollar con el groove mental de estos últimos días.



-Tres libritos: 1) "Breve historia del Neoliberalismo" de David Harvey, realmente, el libro que todo ciudadano debería leer. De la más rabiosa actualidad- pese haber sido publicado en el 2005, antes del inicio "oficial" de la crisis en 2008- resulta imprescindible para entender que el neoliberalismo no solo es uno más entre todos los sistemas económicos existentes, en contra del dogma de fe que se le impone a la opinión pública de que "no queda otra alternativa", sino que encima es poco eficiente y chapucero, además de injusto. 2) "La industria cultural", de los viejos amigos Adorno y Horkheimer, un capítulo fundamental de la "Dialéctica de la Ilustración", libro éste que se me atragantó por la complejidad técnica de sus otros capítulos, y que aquí resulta clave para entender en qué clase de cultura vivimos. Su "radicalidad" (el decir la pura y simple verdad sin rodeos) sitúa el texto fuera de nuestra experiencia cotidiana de la cultura. Recuerda en esto al Debord de la "Sociedad del Espectáculo", recreando con cada página aquella sensación de que lo que experimentamos como natural, como práctica cultural normal o legítimamente establecida, es una pura perversión, un reflejo invertido y siniestro de lo que debería ser. De vez en cuando, en su seriedad demoledora, da risa. Si compaginamos su lectura con las informaciones culturales profesionales de los medios de comunicación, tipo el "Bobelia", podemos asegurarnos las carcajadas porque se desencadena el efecto del quiebro en el sentido que tanta gracia nos hace cuando nos cuentan un chiste. El problema es que, por desgracia, esto va en serio. 3) Por último, una recomendación especial para curators y artistas a los que les guste mucho la cita ornamental y el etiquetado intelectual "La estética como ideología" de Terry Eagleton. Si se lo pegan enterito, a buen paso, y con libreta de apuntes, quizás, a lo mejor, puedan entender a Hegel o Nietzsche con cierta profundidad y continuar haciendo circular resabios filosóficos con algo más de conciencia respecto a lo que (no) saben. Un buen manual sobre la historia de la estética, que explica cosas muy difíciles con relativa facilidad. Enfermizamente subrayable.


-Carreras. Corrí la media maratón Big25 de Berlín, con un grado de fiebre. La terminé al borde del desfallecimiento haciendo una marca completamente lamentable. Sigo sin saber si correr emancipa o aliena. Creo que las dos cosas, dependiendo de cómo lo enfoquemos. En esto, correr me sigue recordando al arte. Ya me apunté a otra el día 26 de agosto. Da vicio. Como el arte.


-Le hice un favor de diseño a un amigo que me pidió un logo para el Foro Crítica y Sociedad de Las Palmas. Él quería a toda costa que lo hiciese con tipografía de máquina de escribir, y así lo hice, aunque a mí no me gusta nada, probablemente también porque soy el diseñador más nefasto de la tierra. Uno de los puntos fuertes del Foro es la urgente y necesaria idea de la recuperación del pasado como fuerza transformadora de la sociedad actual, en contraposición al paradigma temporal capitalista del progreso. El logotipo con máquina de escribir de imitación, sin embargo, me parece un mal intento vintage, y el vintage o lo retro es precisamente la forma concreta que tiene el capitalismo de recuperar el pasado, como los filtros fotográficos del instagram, para convertirlo en exclusiva en un producto mercantil estéril y descontextualizado. Viejo, sí. Vintage, no. 















-Me piro a Tailandia pasado mañana con Moneiba Lemes, hasta el seis de junio. Aparte de los cuatro tópicos sobre el país, como la cucaracha frita, no sé qué me espera allí ni qué haremos. Ya les contaré. Bis bald!