jueves, 9 de agosto de 2012

En defensa del perroflauta



No hace falta poner ejemplos: La cosa se está poniendo dura. La peña se está lanzando a la calle en masa, personas que hasta hace bien poco no habían tenido mayores querencias con las reivindicaciones sociales, que se consideraban apolíticas, “pasaban de todo” o ironizaban incluso hacia los nulos efectos de las manifestaciones, a sus ojos, congregaciones de borregos coreando estupideces que al día siguiente solicitan un crédito al banco, como todo hijo de vecino. El panorama ha cambiado. La presión de los de arriba se hace insoportable. Ya no hablamos de la defensa de unos vaporosos ideales utópicos sino de acciones directas en contra del saqueo a nuestras carteras. Nos sacan la puta pasta de la cuenta, así de sencillo, nos echan de nuestras casas y trabajos, algo que ya no podemos tolerar sin al menos alzar una voz de protesta. Ahora agitamos las pancartas de cartón y ladramos consignas revolucionarias sin demasiada vergüenza, pero eso sí, mucho ojito: que a nadie se le ocurra confundirnos con perroflautas.

De entre “los nuestros”, el perroflauta es el ser mas odiado por el común de la masa que grita en las calles a partir del Quince Eme. Se oye a menudo “Si hay perroflautas me piro a casa” “La reunión fue muy seria. Ni un perroflauta” “Los políticos tienen que entender que esto no es una manifestación de perroflautas”, etc., pero antes de entrarle al trapo, les enlazo un entremés que nos pondrá en situación, un cuento de Rayco Ancor que ilustra estupendamente el encono hacia estas gentes.

El perroflauta, con su can y su instrumento, es un hijo legítimo del ya ilustre movimiento hippie, aunque de carácter más urbanita. Menos conectado al ritmo holístico de la naturaleza que al couchsurfing, se trata de un hippie posmoderno y como tal descafeinado, con una estética cercana a la del rastafari y el punk, y alejada del cromatismo flower power. Se le dice perroflauta a aquel joven menor de treinta y cinco años, frecuentemente estudiante universitario, que se dedica a diversas actividades no reguladas como la música callejera, el malabarismo, la pequeña artesanía, los trabajillos en negro, el menudeo de drogas (¿es o no encantadora la palabra "menudeo"?) o la simple mendicidad. No obstante, muchos, si no la gran mayoría, reciben una asignación mensual de su familia que les permite gozar de enriquecedoras experiencias espirituales tras el pago por una plaza de avión en ruta transoceánica. Tirados, cuentistas, poco serios, flipados, gorrones y chaflamejas, el perroflauta levanta ampollas en la conciencia del buen ciudadano trabajador de la clase media. Pero no nos dejemos confundir: si acaso no son lo mismo, tanto los hippies como los perroflautas provienen de las clases medias y altas, perteneciendo así a la clase social mayoritaria que se ha lanzado a las calles a partir del Quince Eme, si exceptuamos a los mineros. El perroflauta representa una suerte de enemigo interior, y ya sabemos que es en las guerras civiles en donde el odio más se intensifica, pues la traición del hermano es la que más duele. 



Fredo Corleone (dcha.) traicionó a su hermano Michael (izq.) y pagó con su vida.

Yo, como muchos, también aprecio poco al perroflauta. Pero haciendo un esfuerzo por cuestionar lo que me viene dado, me pregunto si debería dejar de mirarlos con la suficiencia característica de esta clase media a la que pertenezco, que se siente sujeto histórico de Occidente y tiene una autoestima muy por encima de sus virtudes morales. 

Si no nos obsesionásemos tanto con el perro, la flauta y los dreadlocks, y nos preguntásemos qué es lo que marca la diferencia de hecho entre nosotros y ellos- pues somos hijos de la misma madre- nos daríamos cuenta de que se trata de su inadecuación al círculo de producción y consumo. Al individuo de clase media lo que le cabrea de verdad es que el perroflauta "no haga nada" mientras él se rompe el espinazo a trabajar, que no produzca y quiera consumir, que toque la flauta y gaste dinero ajeno, en definitiva, que sea un hipócrita: no da y toma como el que más. Este odio es un clásico del pensamiento reaccionario y se utiliza mucho para desprestigiar cualquier iniciativa de redistribución económica y política social. "¿Por qué tengo que pagar mis impuestos para mantener a estos parásitos?" suele decirse, una pregunta que aquí en Alemania enciende los debates a propósito del controvertido programa de reestructuración del mercado laboral Hartz IV.


Dreadlocks. Hasta hace bien poco pensé que los característicos pelos del rastafari, llamados en argot "grelos" y muy habituales entre perroflautas, se denominaban así por su semejanza con la verdura homónima. 

Yo nunca he entendido muy bien por qué no hacer nada es tan malo. Pienso que una sociedad sana sería aquella que tuviera un nivel de paro del ciento por ciento, todos gozando de una vida pagada por el Estado, a nuestra entera disposición. Entiendo el trabajo como la maldición bíblica, la condena a la que estamos predestinados y que nada tiene que ver con el dedicarse a fondo a un asunto o llevar una vida activa, desde mi punto de vista algo espiritualmente necesario (aunque sospecho que esto podría ser un prejuicio de herencia calvinista). Así, identifico la concepción común del trabajo (el curro) con la alienación y la crítica hacia los altos niveles de paro como el mayor de los despropósitos. Que trabajen las máquinas. 

Hay una palabra comodín que se emplea con frecuencia en el contexto de la clase media y que es tan respetada como ambivalente: la normalidad. Las personas normales. ¿Y no será que todo este ser "normal" (Playstation, Mercadona, jogging, Zara, sueldo, iphone, marcha, Visa, monogamia, coche, contrato, vacaciones, crédito) es la clave discursiva mediante la cual se nos exigen obligaciones arbitrarias, como la de la austeridad y la productividad, que vienen aparejadas a procesos también “normales” de la economía, como si la lógica de la economía, así en abstracto, fuese algo natural? Fuera ya de comentarios más o menos banales sobre los entrañables perroflautas, lo que parece empezar a aclararse en las explosiones sociales que ocurren últimamente es que en la economía no existe nada ni normal ni natural, así en nuestra era neoliberal como en la difunta Unión Soviética, pasando por la tribu amazónica. Es en cada uno de esos marcos económicos en donde la palabra normal cobra sentido y sirve como patrón de juicio. Así, si realmente creemos, cuando sostenemos la pancarta en la manifestación, que la democracia neoliberal es injusta e insostenible, que solo es uno de entre tantos otros tipos de sistemas económicos, deberíamos ser más listos a la hora de identificar al enemigo, que no es, ni por asomo, el perroflauta. 

Si a una persona normal se le dice: "Fulano trabaja un montón y está ganando cuatro mil euros mensuales" recibirá esta información como una buena noticia. Sin embargo, si se le dice "Zutano gana menos de quinientos euros trabajando muy poco" verá a dicha persona, con algo de lástima, como a un desgraciao infeliz. Y sería socialmente más saludable que pasase lo contrario. El aprecio al dinero está en la masa de la sangre de la clase media. Convendría revisar quién es más hipócrita cuando se manifiesta por un cambio de sistema que precisamente se alimenta de una correspondencia concreta entre actividad productiva y consumo,   que no tolera cambios de relaciones entre ambas esferas, pues tanto la sobreproducción como el consumo excesivo (cada contexto histórico y geográfico tiene su propia correspondencia, que no tiene porqué ser equilibrada para ser "natural") pueden llevar al sistema al colapso.  

En este juego de translocaciones de valores y roles podríamos proponer al yuppie como escoria social, como parásito a escachar, lo que ocurre es que los yuppies son personas educadas, trabajadoras, racionales, bien vestidas, sibaritas, amantes de la buena vida y algunos de ellos poseedores de una gran cultura, en definitiva, pueden llegar a ser personas encantadoras en los esquemas de deseos de la autodenominada mayoría, lo que no les libra de que algunos (sin duda, una minoría entre ellos, quizás el mismo número que de gorrones entre los perroflautas) especulen y monten unas catástrofes financieras alucinantes que llevan a muchas otras personas a la miseria y a la muerte. En España se batalla por la paga de Navidad, pero no hay que olvidar que en otros lugares la especulación con materias primas o medicamentos está llevando, en este mismo instante, a miles de personas a la muerte. 

¿Entonces, por qué carajo nos brota de dentro un sentimiento de desprecio fascista cuando vemos a un círculo de perroflautas formando parte de "nuestra" manifestación de personas “normales” y sin embargo nos resultan tan amables las formas y aspiraciones de los especialistas en hacer dinero? No propondré desde aquí el salir a la calle a reventar a palos a los businessman pero sí, quizás, a tenerle un poco más de aprecio, en contraposición, al malabarista del semáforo, el músico callejero o la piba (o pibe, que ya me he atragantado de clichés clasistas repitiendo el término perroflauta) del puestito de pulseras, pues está visto que las revoluciones reformistas de clase media, tras su periodo de lucha, acaban integradas de nuevo en la lógica del capital, que es capaz de reforzarse con todo aquello que lo cuestione, siempre y cuando pueda generar dinero. 

La única manera de acabar consecuentemente con el capitalismo es la práctica de la miseria. Pero la miseria tiene un sabor demasiado amargo. Hasta que podamos resolver la aparente contradicción de querer ser más pobres para ser más ricos (recuperar nuestra verdadera riqueza, como planteaba Benjamin) les dejo con un tipo con pinta de yuppie, tan bien trajeado como buen flautista

jueves, 12 de julio de 2012

Los timadores

De la serie "Los timadores". Dácil Granados. 2007


Buceando ocioso por las profundidades del disco duro externo encontré un texto que escribí hace cinco años para la exposición "Los timadores" de Dácil Granados. Cuando releí el primer párrafo quedé aterrado. ¿Era yo el autor de tremenda bazofia? Gracias al cielo, al adentrarme en la lectura, recordé que había concebido el texto para que se prestase a confusión, en buena compaña de las imágenes (fotografías de galeristas en ferias de arte) echando mano, como habitualmente se dice, de la "fina ironía". Tan fina que a falta de una aclaración podría colar sin problemas como el decálogo de consejos de un pelota profesional, entusiasta del mercado del arte, como tantos hay. Gocen del repelús.   

Cuando los artistas amateurs o recién salidos de la universidad toman conocimiento de las reglas básicas del mundo del arte, suele sobrevenirles un crudo escepticismo. Paseando por las ferias, visitando galerías o asistiendo a inauguraciones, se critica la falta de autenticidad y superficialidad que las reglas del mercado imponen a las obras de arte. El mercado es ese monstruo que compra y vende en la gran Babilonia desposeyendo de magia y pureza cualquier producción auténtica. Se habla mucho de prostitución. Se le achaca a los artistas de éxito el “haberse vendido”, llueven las descalificaciones personales en clave sexual… y es que lo que más claro deja el resentimiento del no profesional es que, para poder llegar a ser artista, no basta con hacer buenas obras de arte. Pensar lo contrario es una ingenuidad romántica. La realidad constata que los artistas que están ahí, en la escena, se parecen más a corredores de fondo, self- made women & men, que a genios excéntricos con boina, de vaporosa verborrea y mirada perdida en los cielos. El mundo del arte siempre estuvo fuertemente regulado por el dinero - al menos a partir del Renacimiento- y los que participan en su juego deben conocer a fondo sus entresijos para conseguir que sus discursos tengan presencia pública. Cuando hayamos interiorizado esto el mercado empezará a parecernos menos malo.

¿Qué hacer? El primer peldaño de la escalera pasa por analizar el entorno artístico local: qué agentes son importantes en nuestra región o comunidad autónoma, qué galerías de arte contemporáneo están conectadas al circuito nacional, de qué críticos y comisarios podemos disponer. Una vez que hayamos reconocido el terreno podremos empezar a asistir a inauguraciones, en museos y galerías, presentaciones o ruedas de prensa para dejarnos ver. En algunos meses ya sabremos quién es quién, y cuáles son sus posiciones y competencias dentro del negocio.


Es bastante raro que en un contacto directo con una galería lleguemos a buen puerto. Esta mediación entre artista y galería suele correr a cargo de críticos y comisarios. La misión de éstos es certificar la calidad y la madurez de nuestro trabajo para insertarlo después en el circuito comercial. Se puede acceder a ellos a través de certámenes y concursos, con lo que debemos contar con un buen dossier. Confeccionar un dossier es delicado. Fundamentales son la calidad en la reproducción de las imágenes, un buen diseño acorde a la estética de las obras así como un enmarcado teórico que le otorgue peso intelectual al proyecto, escrito en párrafos nunca demasiado largos. A los galeristas no debe abrumárseles con excesivo repertorio conceptual. Antes de pasar a la acción, hay que documentarse bien sobre las competencias y el corte profesional de cada galería, para no cometer errores, perdiendo el tiempo y el dinero. ¡No será la primera vez que el estupendo dossier de un joven recién salido de la carrera acabe en la trituradora de papeles de Saatchi o Leo Castelli, sin haber sido siquiera ojeado! Tras haber tomado contacto con una galería que muestre interés o decida representarnos, podemos afirmar que hemos entrado en el territorio profesional de las artes. Felicidades.

Si hacemos ganar dinero a nuestro galerista, éste nos dará visibilidad y promoción en su radio de acción mediático. Ventas, posibilidades de mostrar la obra bajo una buena infraestructura, y promoción son los ejes fundamentales sobre los que basculará nuestro éxito. La relación con el galerista debe ser siempre muy cercana, entre lo profesional y lo afectivo. Se trata de un colega de trabajo con el que colaboramos mutuamente y no, como se piensa desde la tribuna de los resentidos, de forma parasitaria.

En torno a la galería se aglutina un círculo profesional de personas compuesto por el propio galerista, otros artistas de la casa, críticos, comisarios, coleccionistas, periodistas y allegados al que debemos vincularnos con prontitud. De la mano de nuestra nueva familia asisitiremos a ferias, inauguraciones, comidas con clientes, reuniones, brunches e incluso fiestas, porque ¿acaso está prohibido divertirse trabajando? Basta con estar ahí, mostrando nuestra cara más amable, sin resultar pesados o parecer excesivamente interesados en la promoción personal, pues siempre habrá algún envidioso dispuesto a llenarse la boca de palabras feas. Este tipo de operaciones profesionales, tan poco habituales en la visión ingenua que se tiene de los artistas, son el pan nuestro de cada día en los sectores de negocios de mayor rentabilidad y prosperidad.

No podemos entender por qué se perpetúa el prejuicio que intenta apartar a los artistas del común de los empresarios de nuestra sociedad, sin ofrecer algún argumento que incluya a los creadores en el catálogo de los iluminados más allá de las realidades mundanas. Después de todo, ¿qué crímenes concretos ha cometido el mercado? Gracias a él hemos conseguido regular una actividad productiva que se movía desde hacía siglos en un terreno extremadamente resbaladizo, donde la diletancia y el intrusismo se entremezclaban maliciosamente con fines de estafa. Hemos logrado poner en su sitio a una legión de vendedores de humo, principiantes con ínfulas de diva y sospechosos oradores disfrazados de bohemio mediante el estamento profesional del currículo. Este aval de seriedad y compromiso es precisamente lo que nos ofrece el sistema de galerías. Y esto se nota cada vez más en el vibrante estado del nivel artístico de nuestro país. Nunca antes se había visto un panorama económico-creativo tan rico y esperanzador. Pero aún queda mucho por hacer, mucho por regular. Esperemos que, paso a paso, los artistas vayan abandonando libremente su rancia costra de mística oscuridad, y se dejen mimar un poco más por la jovial frescura del mundo empresarial.

lunes, 11 de junio de 2012

Impresiones del enemigo

Acabo de llegar de unas maravillosas vacaciones en Tailandia, pero no hablaré aquí de maravillas sino de cosas horribles. Hablaré del enemigo.

Aunque no se considera que pertenezca al selecto grupo de los cuatro "Tigres asiáticos" (Taiwan, Corea del Sur, Hong Kong y Singapur), Tailandia, y en especial su capital Bangkok, parece vivir un crecimiento económico capitalista muy fuerte, tanto desde el punto de vista financiero como ideológico. Tailandia "va bien", en el sentido aznariano, y lo hace configurando un paisaje urbano muy Blade Runner (cuyo ejemplo más notorio en Asia es, según me han informado, Hong Kong) que le puede llegar a resultar extraño a un europeo. Las megatowers de oficinas se alzan junto a las casuchas de los pobres, los yuppies sortean de camino al curro mercadillos apestosos, los centros comerciales de lujo se encuentran casi puerta con puerta con edificios- patera y los ultrarricos pisan la misma acera que los pequeños trabajadores y otros pordioseros sin que aparentemente exista un conflicto visible entre clases a nivel de calle, al menos en cuanto a violencia criminal. 


Se siente en la capital la brisa de un clima óptimo para los negocios, hecho éste que desde hace décadas invita a muchos empresarios occidentales a hacer de Bangkok su residencia. Además, y para acabar de endulzar la estadía, en Tailandia no hace falta ser multimillonario para gozar de los más refinados placeres. Basta contar con unas perritas, que en los ambientes selectos europeos se irían por el sumidero con la factura del primer cocktail. Por su parte, los que tienen pasta de verdad, dinero serio, pueden permitirse lujos estratosféricos que no están ni al alcance de las más brillantes estrellas de Hollywood.


La piñata rota con los regalos por el suelo presenta el escenario idóneo para el darwinismo social; el que vale, vale- y se apodera de todos los regalos a empujones (competitividad)- y el que no, a mamarla.


Francés senior neoliberal (caracterizado por Leslie Nielsen)

Un viejo franchute nos abordó con mucha amabilidad en una esquina de Bangkok, al vernos mirando un mapa que indicaba una calle que no existía. Buscábamos un restaurante, tras haber estado desde las seis de la mañana sin comer. Nos preguntó que qué nos apetecía. Le dijimos que thai, y con un gesto de asco lleno de arrogancia gabacha, nos aseguró que la comida thai era muy mala porque llevaba demasiada guindilla. La mejor comida del mundo era la francesa y en segundo lugar la coreana (el clásico "lo mío es lo mejor". Él era francés, su mujer coreana). Dejamos que nos guiase por las calles en busca de un japonés que juzgaba excelente mientras, tras preguntarnos por nuestra nacionalidad, se puso a despotricar salvajemente de los políticos españoles, cosa que en principio me pareció simpática pero que acabó por otros derroteros. El franchute opinaba, como buen neoliberal, que la política de estado, en la entrada del siglo XXI, era una forma de poder anacrónica y lastrante. Los políticos debían hacerse a un lado para dejarle el paso abierto a los empresarios, que al final son los que resuelven las cosas. El problema no era que la clase política fuese así o asao, corrupta, mala, débil, etc, sino que su competencia y poder eran absolutamente desmedidos; ya era hora de pasar de una visión social política a una visión social empresarial. Los mejores políticos del mundo, nos informó, estaban ahora mismo en Corea del Sur. Se limitaban a mantener un clima seductor para las inversiones y potenciaban desde el Estado los negocios sin cortapisas. Allí llevaba él trabajando mucho tiempo, aunque su residencia estaba en Bangkok, con una empresa francesa, para construir a su baby, el tren rápido de Seúl (o algo así le entendí) Tras largar los clásicos tópicos sobre el "progreso" y el milagro asiático, nos dejó en un centro comercial lleno de pijos occidentales y tailandeses imitando a pijos occidentales en donde se encontraba el japo, caro como su puta madre, al que no entramos. Antes de despedirse, el señor, muy intrigado, me preguntó: "Tú, que eres artista, dime, sinceramente: ¿Fue Picasso un artista de verdad o un impostor?" Para él, era un impostor. Y a los impostores había que darles un golpe en la cara, ¡pum!. Así de resolutivo se mostraba el amable viejito. Un prohombre con las ideas claras.

Obeso noruego tatuado egomaníaco (caracterizado por uno de los cochinos de Wim Delvoye)
Turkish Airlines canceló nuestro vuelo de regreso pero tuvo el gesto, enrollado a la par que desmedido, de alojarnos hasta el siguiente vuelo en un hotel de cinco estrellas con dos comidas durante las ocho horas de espera. En el restaurante, uno de los pasajeros dejados en tierra nos abordó mientras conversábamos con otro pasajero. Gordo seboso mórbido y lleno de tatuajes macarras, el noruego egotista comenzó rapidamente a hablar de sí mismo. Veintiún años en Tailandia, trabajador en la industria petrolera noruega, su familia tenía la mayor plantación de caucho del noreste de Tailandia, su padre era dueño de un resort en Phuket... nos encajó el directo en la mamona en el primer round. Gracias al cielo, su arrogancia nos dio un respiro cuando empezó a hablar de Gran Canaria, pues al parecer había pasado los veranos de su niñez en San Agustín, atisbos de verdad entre tanta fantasmada incomprobable a tenor del conocimiento que tenía de los nombres de bungaloses y otros lugares del Sur. Así como el rollito del franchute enterado podía dar para una pequeña conversación incluso en su visión dogmática de la sociedad y su ignorancia despreciativa hacia todo lo que no fueran business, la vaca marina, aunque era locuaz e incluso brillante a la hora de expresarse, carecía por completo de luces, dispuesta solo a alimentar su enfermo ego de la forma más pueril citando obscenamente las cifras que ganaba y nombrando sus pertenencias. Le gustaba, decía, tenerlo todo doble: dos salones, dos duchas, dos coches, etc. (¿recuerdan al personaje de "Huevos de oro" de Bigas Luna? También a aquél solo le faltaba, decía, tener dos pollas) Nos enseñaba sin pudor su mansión doble por el Iphone, vídeos en los que accionaba una y otra vez el mando de la enorme puerta automática de su fabuloso garaje- so funny! It´s like a game, you know?- y se lamentaba de que las cosas ya no fueran como antes en Tailandia: había que pagarle bien a los miles de trabajadores que sangraban árboles de caucho para su familia, aunque esto tenía sus ventajas, porque ahora trabajaban más rápido y más horas, y la producción se incrementaba. Wow, really, these guys can cut so fast... A él, decía, también le gustaba ponerse el mono de trabajador de vez en cuando y sacarle la leche gomosa a los arbolitos, just for fun. "Todo el día en el despacho te deja el cuerpo anquilosado", aseguraba el cochino. Tuvimos la mala suerte de volvernos a encontrar con él dentro del aeropuerto y de que nos raptara para tomar una cerveza, que se encargó de pedir en tailandés con un tono más allá de lo despótico. Y ahí se soltó la peluca, sincerándose acerca de sus planes vitales y aspiraciones: quería empezar a ganar el año que viene 25.000€ mensuales, y en cinco años, 50.000, "tengo muchos gastos", afirmaba el gorrino, "mi mujer quiere joyas y oro, todas las chicas quieren eso" Moneiba le decía que ella no, pero él no lo podía creer. "Todas, todas las chicas quieren joyas y oro, y si dicen que no, mienten" y sus cinco hijos tenían que recibir la mejor educación, por supuesto en colegios privados, los más caros, that´s the way it is, repetía el muy jediondo, en quince años tendría que estar cobrando 100.000 mensuales, that´s the way it is, that´s the way it is....

Y lo cierto es que, al final, se me ha quedado la impresión de que, al menos en Bangkok, that´s the way it is. Es la dimensión ideológica del asunto la que personalmente más me inquieta, esto es, la aceptación de las reglas del juego capitalista como única posibilidad para el desarrollo personal, la incapacidad del sujeto de imaginar un cambio social material real que nazca del replanteamiento de sus deseos. El metarrelato parece no tener fisuras, es una fe fuerte, el más extendido de los fundamentalismos porque el that´s the way it is - otro sinónimo del "lo que hay"- obliga a ser persona solo dentro de las fronteras de esta realidad eterna. Los que se sienten a disgusto en ella son solo algunos pocos seres desclasados con un sobresaliente despiste en la cabeza. Al final, te van a gustar el oro y las joyas, por mis cojones.   

Al viejo franchute no me quedaron ganas de decirle nada más. Su carácter resolutivo e ideas claras de hombre de acción lo convertían en una piedra impermeable. Al seboso me hubiese encantado enseñarle fotos de mi casa con su mismo entusiasmo y total seriedad. "Esta es mi cama, con patas de madera de bastidor, que  chirría" "Esta es mi calle, llena de adoquines y plantitas silvestres sin podar" "Esta es mi bicicleta" "Este es mi amigo camarero" etc. porque precisamente ahí, en el valor que le concedemos tanto a lo que tenemos como a nuestros deseos y aspiraciones, es en donde pueden llegar a desvanecerse muchos de los fantasmas de la ideología. El gordo debía creer que, realmente, hay mujeres que no quieren joyas ni oro, que yo no quiero tener dos coches ni dos pollas, ni ganar 50.000€ mensuales, no quiero 50.000€ mensuales, no me hacen falta, no los necesito, estoy mucho mejor con mucho menos. Seguramente la vacaburra noruega hubiera seguido sumida en sus dogmas de fe, pero bueno, en fin... ¡cómete otra burgerkín, jodía bosta!      

De regreso a Berlín, mi querido barrio algo decadente, decrecido y silencioso, me revitalizó, dándome tranquilidad y haciéndome sentir en casa de nuevo, lejos del ojo del huracán nihilista.    
        

martes, 8 de mayo de 2012

Megamix

                                  

Hace tiempo que no escribo nada porque he decidido meterle mano a un texto sobre pintura un poco más largo que los que habitualmente cuelgo aquí. Lo escribo por dos motivos: el primero es una expo en la flamante nueva sala de arte del Gabinete Literario de Las Palmas, con su pequeño catálogo, que debería inaugurar en junio, y que se canceló hace meses, así como toda la programación del espacio hasta nueva orden. Dicho texto para el catálogo, cuya dirección artística corría a cargo de Francisco Castro, iba a ser la base de una suerte de conversación extensa y prólija entre ambos, más experiencial que académica, sobre el arte de la pintura. El segundo motivo ha sido la visita en la Neue Nationalgalerie de la magnífica retrospectiva de Gerhard Richter, y sobre todo sus declaraciones ya añejas en torno a la pintura, que así rezan:

„Über die Malerei zu reden, ist ja nicht nur sehr schwierig, sondern vielleicht sogar sinnlos, weil man immer nur das in Worte fassen kann, was mit der Sprache möglich ist – und damit hat ja eigentlich Malerei nichts zu tun (…) Die Bilder machen was sie wollen“ 

"Hablar sobre pintura no solo es muy difícil sino que incluso puede que no tenga sentido, porque solo se puede atrapar con palabras lo que pertenece al lenguaje, y con éste no tiene la pintura nada que ver (…) Los cuadros hacen lo que les da la gana" 
(Traducción, discutible, de un servidor)


Estas sabias palabras, que de alguna manera también comparto, me provocan la misma sensación que aquel conocido axioma de Wittgenstein: "de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse", esto es, unas ganas horribles de parlotear cual papagayo. Ese "puede que incluso" de Richter termina siendo una provocación de carácter casi erótico, porque el hecho diario de pintar y pensar en lo que se hace, en mi caso y creo que en el de todos los pintores (al menos desde el Renacimiento) es inevitable. Así que estoy inmerso en la redacción de páginas y páginas de vaporosa prosa intelectual con la esperanza de encontrarme algo interesante por el camino de lo inútil. Hasta que descubra ese tesoro submarino, y para que mis legiones de fans no me digan que "estoy perdío", aquí van unos frutos secos, variados, salpicón de carne y pescado, sándwich de salchicha del de Calle13 o megamix trepidante de temas sin desarrollar con el groove mental de estos últimos días.



-Tres libritos: 1) "Breve historia del Neoliberalismo" de David Harvey, realmente, el libro que todo ciudadano debería leer. De la más rabiosa actualidad- pese haber sido publicado en el 2005, antes del inicio "oficial" de la crisis en 2008- resulta imprescindible para entender que el neoliberalismo no solo es uno más entre todos los sistemas económicos existentes, en contra del dogma de fe que se le impone a la opinión pública de que "no queda otra alternativa", sino que encima es poco eficiente y chapucero, además de injusto. 2) "La industria cultural", de los viejos amigos Adorno y Horkheimer, un capítulo fundamental de la "Dialéctica de la Ilustración", libro éste que se me atragantó por la complejidad técnica de sus otros capítulos, y que aquí resulta clave para entender en qué clase de cultura vivimos. Su "radicalidad" (el decir la pura y simple verdad sin rodeos) sitúa el texto fuera de nuestra experiencia cotidiana de la cultura. Recuerda en esto al Debord de la "Sociedad del Espectáculo", recreando con cada página aquella sensación de que lo que experimentamos como natural, como práctica cultural normal o legítimamente establecida, es una pura perversión, un reflejo invertido y siniestro de lo que debería ser. De vez en cuando, en su seriedad demoledora, da risa. Si compaginamos su lectura con las informaciones culturales profesionales de los medios de comunicación, tipo el "Bobelia", podemos asegurarnos las carcajadas porque se desencadena el efecto del quiebro en el sentido que tanta gracia nos hace cuando nos cuentan un chiste. El problema es que, por desgracia, esto va en serio. 3) Por último, una recomendación especial para curators y artistas a los que les guste mucho la cita ornamental y el etiquetado intelectual "La estética como ideología" de Terry Eagleton. Si se lo pegan enterito, a buen paso, y con libreta de apuntes, quizás, a lo mejor, puedan entender a Hegel o Nietzsche con cierta profundidad y continuar haciendo circular resabios filosóficos con algo más de conciencia respecto a lo que (no) saben. Un buen manual sobre la historia de la estética, que explica cosas muy difíciles con relativa facilidad. Enfermizamente subrayable.


-Carreras. Corrí la media maratón Big25 de Berlín, con un grado de fiebre. La terminé al borde del desfallecimiento haciendo una marca completamente lamentable. Sigo sin saber si correr emancipa o aliena. Creo que las dos cosas, dependiendo de cómo lo enfoquemos. En esto, correr me sigue recordando al arte. Ya me apunté a otra el día 26 de agosto. Da vicio. Como el arte.


-Le hice un favor de diseño a un amigo que me pidió un logo para el Foro Crítica y Sociedad de Las Palmas. Él quería a toda costa que lo hiciese con tipografía de máquina de escribir, y así lo hice, aunque a mí no me gusta nada, probablemente también porque soy el diseñador más nefasto de la tierra. Uno de los puntos fuertes del Foro es la urgente y necesaria idea de la recuperación del pasado como fuerza transformadora de la sociedad actual, en contraposición al paradigma temporal capitalista del progreso. El logotipo con máquina de escribir de imitación, sin embargo, me parece un mal intento vintage, y el vintage o lo retro es precisamente la forma concreta que tiene el capitalismo de recuperar el pasado, como los filtros fotográficos del instagram, para convertirlo en exclusiva en un producto mercantil estéril y descontextualizado. Viejo, sí. Vintage, no. 















-Me piro a Tailandia pasado mañana con Moneiba Lemes, hasta el seis de junio. Aparte de los cuatro tópicos sobre el país, como la cucaracha frita, no sé qué me espera allí ni qué haremos. Ya les contaré. Bis bald!   


sábado, 17 de marzo de 2012

El Mal (bricolage y delirios fascistas)



Si hay algo que me molesta dentro de la vida en la precariedad que he elegido, es dormir con un colchón en el suelo. Obviando que sea buenísimo para la espalda y que muchas culturas tradicionalmente lo dispongan así en sus casas, el colchón en el suelo simboliza para mí un recordatorio diario de la fragilidad de mi vida material, un hincar la rodilla cada noche y un esfuerzo por subir a la superficie y no morir ahogado profesionalmente cada mañana, metáfora de que si las cosas van a peor, el siguiente paso será acostarme sobre unos cartones meados en la calle, fantasías homeless- por otra parte repulsivamente burguesas- con las que mi Superyo y el Ello marinan mi Ego con una ansiedad de baja intensidad.

Hace bastante tiempo compré una litera de matrimonio en Ikea que por diversas circunstancias tuve que mutilar para resituarla en el suelo. La semana pasada decidí acabar con esta infamia poniéndole patas al somier metálico, además de una manera elegante: reciclando. Como muestra la foto, el jergón se levanta ahora gracias a unos soportes autoconstruidos con madera de bastidores para cuadros, feos pero sólidos, y hechos por mi. Existían otras opciones mas bellas y sencillas, pero deseaba hacer la chapuza, que resultó más difícil de lo que esperaba a la hora de conseguir una cama sin ñiqui ñiquis. El proceso de construcción me brindó dos reflexiones. La primera; que reciclar es, a veces y por desgracia, más caro que comprar nuevo (asunto del que no hablaremos) y la segunda: que todo esto hubiera sido irrelevante si me hubiese decidido de una vez por todas a alistarme en las fuerzas del Mal. 

Me explicaré.

Si ingresara en las fuerzas del Mal pensaría: "En efecto; al carajo con el colchón en el suelo, pero no solo con este y sus patas chapuceras sino con la cama de Ikea: quiero un colchón de latex, el mejor, el más caro, con el mejor somier, de bronce, y también quiero una mesa de madera, de caoba, para escribir mis estupideces, y ya puestos quiero una casa top design, eso sí, la tele debe ser gigante, tener al lado un florero con orquideas y en frente una mujer florero sentada en un sillón de cuero, con carnet del PP, amiga íntima de José Manuel Soria que nos habrá de invitar a comer con Repsol, cinco estrellas, cinco jotas, gran reserva, para que de una puta vez se me aclaren las ideas, queme las poesías y me lance a la piscina de las cosas importantes, a bucear en ella cogiendo pescados con la mano para seccionarlos en trozos con un cuchillo, esto es: cortar el bacalao.

Reconocerán conmigo que esta crisis financiera que comenzó en el 2008 y que empieza a estar mayorcita, se ha extendido hacia otros órdenes de la vida impregnándolo todo de un intenso aroma apocalíptico. Medio mundo se ha lanzado a la calle a tratar, al menos, de llamar la atención sobre la situación que se nos viene encima y lo que por el contrario sucede es que el PP y los PPs de cada país arrasan en los parlamentos y ayuntamientos. La "lucha" se ha reducido a que no nos tifen lo poquísimo que teníamos, a conceder derechos y libertades de la manera menos dolorosa posible. Ante esta circunstancia, y encolando madera para las patas de una cama, se me ocurre la fantasía perversa de ayudar a adelantar el Desastre por amor al destino, aquel amor fati nietzscheano, sea del signo que sea. Si el destino se prefigura como el reinado de Satán, bienvenido sea. Anakin-Vader se lo dejó muy clarito a Luke: no hay ninguna esperanza para la Resistencia. Es totalmente inútil rebelarse contra el poder del Reverso Tenebroso. Nuestra misión, ya que el proceso de destrucción es irresoluble y la guerra total global un acontecimiento en curso, es servir a la llegada del Maligno, trabajando duro para su  rápido advenimiento.


Que uno pase de ser un joven libertario guevariano a un hombre maduro y pragmático, a un fachilla cualquiera, es un hecho muy común que se basa en desengaños, deseos de simplificarse la vida y ganas de sentar el culo en una buena poltrona con patas de acero. Lo que no es tan común es que uno se plantee la opción del Mal de un día para otro. Un pacto fáustico. Una decisión intelectual no progresiva: cogerse mañana un taxi hasta la Estrella de la Muerte y colaborar al máximo de nuestras capacidades en el proyecto de aniquilación total, expresión de aquella voluntad que busca que lo que tenga que ser, sea, contra viento y marea y, por consiguiente, contra uno mismo si es necesario. 


Al revés de lo que parece, esta conversión espiritual respondería a una pulsión por desmarcarse de la ironía, la hipocresía y el cinismo. Un ironista es aquella persona que le tiene alergia a la verdad, capaz de contorsionarse en función del escenario en el que se encuentra, operando con una mirada relativa. Y bien: podría ser que el mundo se arreglase en los próximos años, que los anhelos fundacionales de la izquierda se materializasen sin derramamiento de sangre, que la Carta Universal de los Derechos Humanos se impusiese hasta en los territorios más salvajemente asolados por la violencia. Tener fe en esta realización sería una opción respetable en tanto que apuesta por la verdad, no relativa ni interpretable, aunque difícil de aceptar por una conciencia, la nuestra, lo suficientemente crédula para pensar que la cosa seguirá tal y como está, por los siglos de los siglos. Bajo esta óptica maniquea el tablero nos predispone a un juego good vs. evil, malos contra buenos, cristianos contra moros, tal y como se ha planteado explícitamente (desde el bando de los buenos) a partir del 11S. En nuestro caso, se trataría de una acción estratégica consciente que pondría en práctica una inversión secreta (no habría que contárselo a los fachas porque no lo entenderían) apoyando un Mal que se autocorona como Bien, para encoraginar así aun más el nihilismo mediante la inversión sistemática de todos los valores, en una carrera hacia la resolución del conflicto entre ambas fuerzas que al menos pulverizaría aquel repugnante Fin de la Historia postmoderno cumpliéndolo, y con ello también la vida humana, tal y como anticipaba el mejor Millán, echándose la mano a la pistola: "¡Viva la muerte!". El fin de la Historia no sería entonces la inercia ad infinitum de un capitalismo imposible de sustituir sino la destrucción total del género humano ¡buuum! a tomar por culo con todo.


Algún bobilín con prisas propondría armarse hasta los dientes y matar al mayor número de personas antes de ser abatido por la policía, pero de la misma manera que no me he apuntado a un comando para secuestrar y asesinar brokers, no estoy capacitado para esta clase de actividades. El Mal me necesita en otros escenarios, cada uno debe estar en su puesto haciendo lo que sabe, y ¿no empieza la verdadera revolución por uno mismo? Pues eso: antes me quedé cenando con Soria y Repsol, mis nuevos amigos, gente de acción, resolutiva, que no creen en moratorias ni en paradas para la reflexión, pues el Progreso no se puede parar; si su panza y papada dejan de engordar geométricamente cada segundo el capitalismo se pone mustio. Mis nuevos compis (no los que ya tengo, perdedores, siempre con algún "pero" en la boca) adoran el Progreso y el dinero, tener mucho, ya veremos para qué, cosa que me recuerda que va siendo hora de que, como artista plástico, me concentre en buscar una fórmula de mercado creativa de éxito, ingeniosa y novedosa, susceptible de colocarse bien en el circuito profesional de primera división, algo así como brillante y muy claro, una marca que se identifique bien pero sin demasiada profundidad, porque la profundidad sume en el desconcierto y éste en la inacción, que es lo peor que hay si se quiere ganar pasta: pasta, esa es la clave, mucha pasta, pasta para madera que he tenido que usar para las patas, pasta para las patas, cola y pegamento que esnifo sin querer y que me deja todo loco pensando en gilipolleces.  

lunes, 13 de febrero de 2012

Pensar que se cree (apuntes rápidos sobre "Creer que se cree" de Gianni Vattimo)




La religión cristiana en Occidente se erige como una gran metaficción mediante la cual las personas consiguen explicarse falsariamente su origen último para conjurar el pánico atávico que les produce el reconocerse como un simple producto del azar en el devenir cosmológico. Creer actúa como una suerte de bálsamo espiritual, autoaplicado, con el que darle un sentido ordenado a la vida apelando a una instancia trascendental superior, Dios, un (otro) mito primitivo creado ante el fuego de la caverna para combatir a la noche y las obscuras fuerzas de la naturaleza, pero devenido con los siglos en un vasto decálogo de laberínticas arbitrariedades narrativas- la Teología- sin fundamento comprobable y que, para colmo, pretende implantarse como texto canónico en base al cual se puede juzgar y regular el comportamiento humano. En el peor de los casos, que es el más frecuente, la religión ni siquiera supone más que el acatamiento acrítico de una serie de prácticas y costumbres, llevadas adelante como el burro que, por imposición del amo, carga su fardo. Ya es la hora de la misa: Languidecen en la iglesia los viejos pacatos e ignorantes embalsamados en olor a incienso, rezando, levantándose, arrodillándose y cantándole a un trozo de madera en forma de cruz mientras el cura, ceremonioso, dirige la farsa rutinariamente, con cara de no creerse nada, un oficiante y unos parroquianos obstinados en perpetuar un rito oscurantista que a fuerza de repetirse forma ya parte ineludible de sus conciencias, más allá de cualquier discurso cabal o hecho empírico verdadero. Hablando en plata, la religión, y aún más la “nuestra”, es una soberana mentira, sin pies ni cabeza, una fantasía en el imaginario popular como lo es el universo de Star Wars o la Tierra Media de Tolkien, y su Iglesia la institución más alucinante, demodé, chocha y demencial al tiempo que poderosa e influyente socialmente, a la que habría que separar de todo lo público, ya, pero ya… con la que está cayendo y encima el Papamóvil colapsando la ciudad.

Esto es, en resumen, lo que yo pensaba de la religión hace unos quince años, cuando era heavy y hacía mi particular lectura adolescente del Nietzsche más black metal. Sin embargo, este periodo solo fue un corto momento puntual de furibundo coraje juvenil, porque en realidad, desde siempre, le he prestado muy poca atención a los asuntos religiosos.

Como ha sido tradición en mi familia y en una gran parte de la sociedad que me vio nacer, fui bautizado e hice la comunión. Del bautismo no recuerdo nada. De la comunión los regalos. Hacer la comunión era guay porque te daban un montón de regalos a cambio de aguantar la catequesis durante meses, esa sí, una comida de bola alucinante, sin sentido, en la que te instaban a “ser bueno” con cuentarrajos que había que tener por reales sobre un tío capaz de caminar sobre las aguas, como si fuera un X-men, resucitar y volar a los cielos. Tras esta ceremonia protocolaria acabaron para siempre, salvando los ocasionales entierros, mis encuentros con Dios y sus coleguis. He sido, en suma, un ateo por defecto, un ateo natural. Nunca creí. Fui a un colegio e instituto público laico y elegí siempre la opción de asistir a la clase de ética, en vez de a la de religión. De este modo, habiendo tenido un contacto prácticamente nulo con la Iglesia, la naturalidad de mi ateísmo ha reducido hasta el máximo mi encono hacia los religiosos y las creencias particulares. Con excepción de mi corta fase de proselitismo ateísta metal, no he hecho apología o doctrina de mi falta de fe, y por ello no tengo resquemor hacia los creyentes, precisamente porque la religión siempre me la ha traído floja. Allá ellos con sus cosas. Para mí, Dios no existe. Cuando te mueres, se acabó. Pantalla en negro, the end. En el Cielo solo hay soles y galaxias y cosas pallá pal coño, que ni me van ni me vienen, y el Infierno no está en el centro de la Tierra, donde solo hay magma fundido, sino sobre su corteza, en la que habitan una gran cantidad de hijos de puta, de carne y hueso, con los que me tropiezo muy a menudo. Esta falta de mala baba y de odio al culto, que sí puede observarse en muchas personas progresistas que se educaron durante el nacional- catolicismo franquista o, posteriormente, en algunos colegios religiosos en donde se imparte una doctrina cristiana literal, estática y represiva, me situó muy tempranamente ante el escalón del agnosticismo, “¿Hay algo?- me pregunté en su día- Como no lo sé, ni creo que lo haya… a otra cosa mariposa” estadio éste de la fe en el que me encuentro, como no, flipando eventualmente con los condones del Vaticano o el amojamamiento del Sr. Rouco.  Sin embargo, y por algunas razones que trataré de explicar, me he hecho en los últimos años, aunque ni crea ni rece ni comulgue, un poquito más christian friendly.

Yendo un poco más allá del reconocimiento tópico y atinado de que existen “curas buenos”, creyentes que han tratado de ayudar a gente por un compromiso ético fruto de sus principios religiosos, empecé a reconocer en mí cierta sensibilidad hacia estos temas hace años leyendo la monumental novela “Los Hermanos Karamazov” de Dostoievsky, de la que no me acuerdo demasiado, pero que consiguió en su día darle verosimilitud a algunos de los puntos clave del hecho religioso, eso sí, en clave apocalíptico- ficticia; el “asalto” de la fe, la insoportabilidad de la finitud humana, el libre albedrío, etc. en un magistral diálogo entre dos de sus protagonistas, los hermanos Aliosha e Iván Karamazov. Mi Pacto de No Agresión respecto a lo religioso se ha fundamentado en buena parte gracias a las manifestaciones estéticas. Desde siempre he sentido una fascinación absoluta por las iglesias y catedrales. Auténticas instalaciones, en ellas se dan cita muchas expresiones del arte simultáneamente, performance, pintura, escultura, arquitectura, música… Son centros de reunión y culto, cementerios, cámara de las maravillas, tesorerías, puzzles constructivos, espacios, a veces en ruinas, en continuo palimpsesto que pican la curiosidad del espectador, acogido  en un cuerpo estético encerrado en sí mismo y rebosante de detalles biográficos. Las iglesias son para mí imanes de una tremenda fuerza que arrastran hacia otro tiempo pasado, y como tales las valoro en contraposición al omnipresente paradigma direccional temporal del progreso, son fósiles antiguos, mastodontes viejos, (cierto es que las intervenciones modernas en las iglesias me producen suspicacia), solemnes, a cuyo lado los museos de arte moderno y los cachivaches innecesarios que dentro cobijan me dan un poquito de vergüenza ajena. No recuerdo quién mandó a grabar una lápida en Notre Dame contando cómo se había convertido al cristianismo al descubrir la catedral parisina, pues la existencia de la misma, su majestuosidad, ya era suficiente prueba de la existencia de Dios. De la existencia de los hombres, diría yo.

Me va ese aura, sí. ¿Y qué? Un "aura fría", diría uno, una expresión del “rito sin mito”, diría otro, un aura secularizada preferiría decir yo, suscribiendo en parte la tesis que Gianni Vattimo plantea en su libro “Creer que se cree”, no porque me lo crea (aún no creo que creo) sino porque me resulta amigable, me cae bien, me parece valiente que alguien, quizás con un poquito de voluntarismo, "quiera creer" en alguna otra cosa que no sea el “lo que hay: si te gusta bien y si no te lo comes igual", como diría el primer Rayco Ancor.

Vattimo es uno de los filósofos contemporáneos, junto a Agamben o Žižek, que ha decidido sacar del armario el legado cristiano para interpretarlo desde la postmodernidad, tardomodernidad, esta modernidad de hoy en día, o como coño quieran llamarla. Vattimo, que es homosexual, comunista y cristiano, hace en su libro una semblanza personal de su fe, apenas la adorna con su teoría filosófica del debilitamiento sin encorsetarla en ella, y la apoya en una idea principal: la secularización. Según él, el objetivo o fin último de la religión cristiana, algo que está en las mismas Escrituras, es su completa secularización.

Jesús predica solo una revelación de la fe incuestionable; el principio del amor o caridad. El resto de "textos" (hechos, escritos, tradiciones, ritos, obras de arte, etc) que se producen en nombre de Dios deben orientarse y entenderse como vías hacia el cumplimiento mundano de este principio. “Secularización como hecho positivo significa que la disolución de las estructuras sagradas de la sociedad cristiana, el paso a una ética de la autonomía, al carácter laico del Estado, a una literalidad menos rígida en la interpretación de los dogmas y de los preceptos, no debe ser entendida como una disminución o una despedida del cristianismo, sino como una realización más plena de su verdad, que es, recordémoslo, la kenosis, el abajamiento de Dios, el desmentir los rasgos “naturales” de la divinidad. (…) La secularización, esto es, la disolución progresiva de toda sacralización naturalista, es la esencia misma del cristianismo.”

Dado que el legado cristiano se supedita a la máxima de la caridad, todos los textos deben ser interpretables (y criticables y rechazables) bajo esa única luz insustituible, Credo y Padre Nuestro incluídos (¿por qué no Madre Nuestra?- llega a adelantar Vattimo) “La interpretación personal de las Escrituras es el primer imperativo que las Escrituras mismas nos proponen” y así “desde este punto de vista no es en absoluto escandaloso pensar en la revelación bíblica como en una historia que continúa, en la que estamos implicados. (…) La revelación no revela una verdad-objeto; habla de una salvación en curso.”

Al pensar en esta óptica interpretativa algo happy, podríamos esbozar un gesto irónico y decir: “ ...así cualquiera”. No sé si este camino hacia Dios, que pasa por el libre examen del ingente legado cristiano para realizarlo en el más acá, le parecerá algo laxo al común de los creyentes y sobre todo a la Iglesia más hardcore, pero desde luego que le quita al miedo al profano a la hora de enfrentarse a un texto religioso, de no pre-juzgarlo, y verlo como cualquier otro texto que debe ser contemporaneizado y contextualizado. Pienso en “El Evangelio según San Mateo” de Pasolini, una soberbia película cargada de un auténtico sentimiento religioso, y realizada por uno de los mayores herejes del s.XX. Pienso en las “experiencias interiores” de Bataille, la condición del propio Vattimo como militante gay o en algunos pocos amigos de cuyo criterio me fío y que por diversas razones que no he terminado de entender se han ido adentrando en el cristianismo, y en contraposición pienso en el mundo en el que vivimos, el de la religión capitalista. Sí, no hay por qué asombrarse; religión capitalista. En una de sus discutidas raíces etimológicas, la palabra religión parece proceder del verbo latino religare, que significa "volver a unir", algo muy acorde al espíritu de la globalización. 

A esta tropa de “cristianos de la catacumba”, outsiders del culto, creyentes o no, los entiendo (y perdóneseme la paradoja) como ateos; gente que no se traga el sistema-mundo actual de las cosas, el paradigma del fin de la historia, a los que les resulta inconcebible no creer en otros posibles, en otros ordenes políticos, en otro tipo de relaciones entre las personas, en el Otro, que no temen aquello que no es "comprobable científicamente”, porque la religión imperante- que no es el cristianismo- ordena que, por ejemplo, atendiendo a las leyes lógicas y naturales de la economía y la democracia de mercado, llevadas adelante por serios expertos con el mismo semblante de aquellos otros que antes discutían acerca del sexo de los ángeles, ahora nos tengamos que apretar el cinturón, y se lo va a apretar su puta madre, hijos de la gran puta.



          
Vattimo conoció a mi padre en los noventa y le regaló una botellita de esta colonia, que aún conservamos en casa, casi llena, una fragancia con la que (de esto sí doy fe) es absolutamente imposible seducir a mujer alguna.
                                       



 

viernes, 27 de enero de 2012

Quemao II (Mal, mal...)

Aquí una prueba fehaciente de mi semidesastrosa actuación en la media maratón de Las Palmas 2012, en la que tardé 4 minutos más que en la edición pasada, aunque la acabé. Atención a los últimos segundos del video.  Pero el 6 de mayo me vengaré en Berlín en la BIG25...


sábado, 17 de diciembre de 2011

Citismos (el Enano)


"Tú puedes ser el máximo cretino de la vida, el más absurdo y ridículo de los soplapollas que si te dedicas todo el rato a decirle a todo el mundo que eres chachi al final habrá algunos que se lo crean. Tú puedes ser medio cojo de una pierna y dedicarte a contarle a la peñita que te encanta correr los cien metros lisos, que es tu pasión aunque los hagas en veinte minutos, que ellos al final pensarán de ti “ese tío es un atleta”. Es como ser negro y decir “¿te gusta mi piel tan blanquita?”. Algún listo se dio cuenta hace siglos que aunque uno sea negro como un tizón, si repite mucho, mucho, que es blanco, tipo noruego, al final la piel se aclara un poco en la cabeza de las gentes"

R. A.


En los tiernos años de la universidad circulaba por mi facultad, para el uso del alumnado, la herramienta metafórica del pensarse "enano en hombros de gigante". Ésta operaba cubriendo la insignificancia de la propia trayectoria artística (la del estudiante que apenas ha tenido tiempo de hacer nada) con el paraguas del prestigio de las obras inmortales. Así, si uno hacía un dibujillo cualquiera, bastaba luego con relacionarlo con algún gran hit de la historia del arte o el pensamiento. Esta estrategia servía para que muchos nos quitásemos el miedo ante el lienzo en blanco, quedando nuestros primerizos garabatos justificados con la armadura intelectual (prestada) de un autor incontestable como, pongamos por caso, Walter Benjamin, posiblemente el más citado y menos leído en el mundillo de las artes plásticas. Uno pintaba un machango al que se lo llevaba la corriente por los aires y en vez de decirle a los compañeros y profesores: "Esto es un machango al que se lo lleva la corriente por los aires" decía "este es el Angelus Novus arrastrado por el imparable ciclón del Progreso" De este modo, no hablaba Pepito Pérez, larva de artista, sino que lo hacía Walter Benjamin a través de Paul Klee. El estudiante Pérez salvaguardaba la respetabilidad y de paso aprobaba la asignatura.


Dejando de lado la pedagogía bienintencionada, hay quien es incapaz de abrir la boca si no está encaramado sobre los hombros de un gigante abusón. Más allá de la utilización ilustrativa de una referencia, la literatura artística adolece de la enfermedad del citismo, de una verborrea de resabios sin raíz que circulan por aquí y acullá y que, las más de las veces, solo por el olor a muerto, denotan una falta de conocimiento real y un compromiso con los autores que se nombran. Ejemplos hay muchos: Derrida, teórico de la deconstrucción ergo sirve para comentar fotos de edificios en ruinas; Benjamin, escribía sobre los pasajes parisinos ergo le gustan los centros comerciales; Debord, critica el Espectáculo ergo funciona bien para cualquier cosa acerca de la TV... Pessoa son sus heterónimos (da igual lo que éstos dijeran), Proust, el recuerdo de una magdalena (no importa que "A la Recherche" sean siete tomos), Eliot una tierra baldía, Deleuze un rizoma, Heidegger el Ser, Nietzsche nihilismo, Marc Auge no lugar, Naomi Klein No logo, Vattimo piensa débil, Baudelaire fuma hachís y Foucault es maricón. Si uno se sabe quince o veinte de estos resabios ya puede lucirse con un texto artístico profesional. Si no lo hace es que "no controla".   


Este jugueteo tontilín pretende engalanar la tan respetable y hermosa desnudez de nuestra palabra (que con solo salir de la boca ya está llena de "citas sanas", pues el lenguaje es de por sí una maraña de referencias) con una suerte intelectualismo ornamental cuyo objetivo es prestigiarnos ante los que aún no se han agenciado con el catálogo de topicazos que llevamos bajo el brazo. La estrategia tiene un objetivo más o menos evidente: el  autobombo comercial / narcisista por la vía del intelecto. Hartos estamos ya de oír y asumir (por mucho que yo me enrrabiete en contra de ello) que un artista es un empresario. Debe promocionarse, vender su producto y repetir en alto, hasta la saciedad, sus monsergas propias para aspirar a un puesto en el mercado que le permita vivir de lo suyo. Siempre fue así, dicen. Rubens, dicen. El citismo, tan común en la literatura crítica, responde a la necesidad de adaptar la mercancía artística, de naturaleza difícilmente tasable, a las leyes del mercado. Los textos trufados de voces de autoridad descontextualizadas son certificados de calidad, informes técnicos, garantías para que los inversores y coleccionistas no se sientan timados con un producto tan vaporoso como el arte. Los objetos artísticos se profesionalizan a través de argumentos importados de diferentes disciplinas humanísticas; se ponen seriotes, simplones, pierden lo lúdico y la elasticidad que les es propia. No se puede tratar, nunca, de una hermosa cara pintada con muchos colores sino de una reactualización del retrato fauvista; de un complejo revoltillo hecho con papel higiénico por el suelo sino de una interpretación povera del espacio, del lento cambio de la luz de un proyector de video sino de un acercamiento digital al concepto duchampiano de lo infraleve, etc. El eufemismo viene de la mano del comentario experto, casi siempre vacío de un contenido sapiencial más allá de las etiquetas técnicas. Citar por citar es, de alguna manera, otro truquillo más para vender la moto. Cualquier cuestionamiento de estas premisas, otras maneras de  entender las artes y de ponerlas en conexión con el pensamiento, es visto como inocente o peor, como inculto y antiintelectualista. Si no citas a Benjamin "no controlas". Y si no me creen les cito al Horkheimer y Adorno de "La Industria Cultural". 


Sacudirse al mercado de encima y hacer lo que a uno le dé la gana como artista es casi imposible si no se es rentista o hijo de notario. Sin embargo, sí creo que es posible bajarse de los hombros del gigante abusón y hablar de lo que se hace (si hay necesidad) como enano, desde el suelo, aunque es cierto que así nos arriesgamos más a perdernos por los caminos de la miseria.  


Ya puestos a darle al autobombo... ¿por qué no vamos a por todas? 


SOY UNA GRAN PERSONA, PINTO UNOS CUADROS SOBERBIOS, VIVO EN BERLIN DESDE HACE NUEVE AÑOS, QUE ES DONDE VIVE LA GENTE GUAY Y ADEMÁS ESCRIBO NOVELAS GIGANTESCAS EXCELENTES. COMPREN MI NOVELA SI NO ME PUEDEN COMPRAR CUADROS (QUE SON CARÍSIMOS) UN LIBRO COMO NO SE HA ESCRITO NINGUNO EN CANARIAS, LLENO DE REFERENCIAS SUPER SESUDAS ESCONDIDAS BAJO LA SUPERFICIE Y A LA VEZ DIVERTIDÍSIMO (AÚN LES DA TIEMPO DE ENCARGARLO PARA LOS REYES MAGOS) FÍCHENME EN UNA GALERÍA QUE ME DE PASTA Y VISIBILIDAD, QUE SOY UN ARTISTA DE VERDAD, DE FONDO (TAMBIÉN CORRO MARATONES) PERO NO ME DEN EL COÑAZO CON EXIGENCIAS QUE RECORTEN MI LIBERTAD NI CON MUCHAS PRESIONES, Y SI SON MUJERES BELLAS ACUÉSTENSE CONMIGO CUANDO ME APETEZCA. HÁGANME CASO SIN SER BABOSOS Y HABLEN A LOS OTROS SIEMPRE BIEN DE MI.